14 març 2017

Les claus de l’èxit de Geert Wilders i del discurs de l’extrema dreta a Holanda

Por qué Wilders va a ganar las elecciones holandesas

El líder del Partido por la Libertad (PVV) ha sabido convertir todos los castigos, condenas y censuras en capital político. Según las encuestas, en los comicios parlamentarios de marzo se convertirá en el partido más votado
Sebastiaan Faber 25 de Enero de 2017 – CNTXT

“Aquí me presento ante ustedes. Solo. Pero no lo estoy”, dijo Geert Wilders el 23 de noviembre, de pie ante el tribunal que lo declararía culpable de haber incitado a la discriminación contra los inmigrantes marroquíes en Holanda. “En 2012, me votó casi un millón de neerlandeses”, prosiguió el acusado, dirigiéndose directamente a los jueces. “Según las encuestas más recientes, [en marzo] puede que sean 2 millones. Ustedes seguramente conocen a esas personas, excelencias. Se topan con ellas todos los días. … Puede que se trate de su chófer, su jardinero, su médico o su asistenta; la novia del secretario judicial, su fisioterapeuta, la enfermera que trabaja en la residencia de sus padres o el panadero de su barrio. Es la gente común. Son los neerlandeses de a pie. Es la gente que tanto orgullo me inspira”.

La imagen que quiso pintar el líder del Partido por la Libertad (PVV) era la de una mayoría silenciosa; un ejército de ciudadanos normales, ni locos ni extremistas, que ven a Wilders como el único que entiende sus miedos y representa sus intereses. Pero para gran parte del país su descripción sugirió más bien una trama de película de horror, de ésas donde los humanos son subrepticiamente poseídos por seres extraterrestres y donde cualquier conocido puede haber caído víctima de la usurpación. Porque Wilders no yerra en su pronóstico. Una quinta parte del electorado de Holanda —país que siempre se ha enorgullecido de su progresismo y tolerancia, su creatividad y sentido común— está dispuesta a apoyar a una formación política que demoniza el islam, aborrece a las “élites progresistas” y pretende salir de la eurozona.

Según todas las encuestas, en marzo, cuando se celebren elecciones parlamentarias, el PVV se convertirá por primera vez en el partido más votado del país, acaparando unos 30 escaños de los 150 que componen la Segunda Cámara. Mientras tanto, de los tres grandes partidos que dominaron la política nacional durante la segunda mitad del siglo XX —el liberal (VVD), el socialdemócrata (PvdA) y el cristiano-demócrata (CDA)— sólo el VVD sobrevive. Bueno, es un decir: puede perder más de un tercio de su apoyo, quedándose en un 16 por ciento. Los cristiano-demócratas se tendrían que contentar con un 10 por ciento. El PvdA, por su parte —el partido obrero centenario del puño y de la rosa que integró varios gobiernos nacionales en los años 70, 80 y 90 y gobierna el país hoy en coalición con los liberales—, está por perder más de dos tercios de su apoyo electoral. Se quedaría con un mero 8 por ciento, por detrás de seis otros partidos, incluida la Izquierda Verde (GroenLinks).

¿Qué está pasando en Holanda? Es tentador ver a Wilders y su partido como los equivalentes neerlandeses de Donald Trump, Marine Le Pen, AfD y UKIP: una manifestación perversa, y relativamente reciente, de un nuevo populismo de derechas xenófobo, cuya aparición en los Países Bajos sería todavía más reciente y más perversa que en otros países con tradiciones ultraderechistas más establecidas, como Francia o Bélgica. En realidad, sin embargo, el éxito de Geert Wilders —cuya carrera política arranca en 1990, como ha explicado David Morales en estas páginas— tiene raíces culturales más profundas. No se entiende cabalmente sin tomar en cuenta la peculiar trayectoria de la sociedad y política holandesas de los últimos treinta años. Aquí hay tres elementos clave: una corriente cultural subterránea de orgullo nacional que enarbola la tolerancia como valor pero que incluye como cara oculta un terco rechazo de lo diferente; el choque transformador que supusieron los asesinatos de dos figuras públicas en 2002 y 2004 –Pim Fortuyn, líder ultraderechista, y Theo van Gogh, cineasta y periodista– ; y la importancia en la política holandesa de un sentido de la respetabilidad asociada desde hace mucho tiempo a la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial.

Para empezar por este último punto, es importante dejar claro que el auge de Wilders no supone un rechazo de esa memoria histórica de la guerra, sino más bien una sesgada relectura de ella. A Juan Carlos Monedero le gusta referirse al “ADN antifascista” de las naciones europeas que se liberaron del dominio de Hitler y Mussolini en 1945. Según el historiador Tony Judt, la identidad colectiva de la Unión Europea se fundamenta no sólo en el triunfalismo de la victoria sobre el fascismo sino también en la asunción de la corresponsabilidad por el exterminio de los judíos. “En la actualidad”, escribía Judt hace diez años en su libro Postguerra, “el reconocimiento del holocausto es el billete de entrada en Europa … Negar o menospreciar la shoah”, en cambio, “… es situarse al margen del discurso civilizado público”. En países como Holanda —entre los que más colaboraron con los nazis—, la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en imperativo moral y cordón discursivo. Funcionó: durante muchos años supuso algo así como una poderosa vacuna contra cualquier manifestación de racismo o nacionalismo radical. Ahora bien, si en los últimos años esa vacuna ha perdido fuerza, se debe a que el virus del fascismo se ha venido mutando.

“El gran reto para la derecha populista en Europa ha sido verter su discurso en formas que sean digeribles para la población de sus respectivos países”, dice Koen Vossen, politólogo de la Universidad de Nimega que ha seguido al PVV desde sus comienzos. “Y eso Wilders lo ha sabido hacer muy bien para el contexto holandés. Ha sido muy efectiva, por ejemplo, la idea de centrar el debate en el tema de la libertad de expresión. También lo es que el PVV haga su llamamiento por limitar la inmigración islámica en nombre, precisamente, de valores progresistas. Para Wilders y sus seguidores, la situación es clara. Estamos viviendo otra guerra contra el fascismo, contra la ideología totalitaria que es el islam. Y ellos son los únicos que se atreven a luchar contra él. En ese marco, los demás somos Chamberlain, mientras Wilders se ve a sí mismo como Winston Churchill”.

Wilders no inventó este marco. Se lo debe a Pim Fortuyn (1948-2002), padre fundador del populismo xenófobo holandés actual. Profesor de Sociología y alto funcionario del Estado, Fortuyn pasó por los partidos socialista y liberal antes de que, en 2002, se presentara a las elecciones parlamentarias con su propio partido, una plataforma antiinmigrante y de discurso políticamente incorrecto. Holanda, decía, estaba “llena” y el islam le parecía “una cultura retrógrada”. Como académico, homosexual y libertario —decía que rechazaba la intolerancia de los musulmanes pero que, personalmente, le encantaba acostarse con chicos marroquíes— cambió de forma radical la imagen del nacionalismo derechista holandés, que hasta ese momento se había asociado con la figura de Hans Janmaat, un político anodino y cutre, de carisma cero y con una presencia mínima en el parlamento, donde fue aborrecido por todos sus colegas.

La irrupción de Fortuyn desestabilizó un paisaje político que se había mantenido extraordinariamente estable durante décadas, con gobiernos de coalición entre los tres grandes partidos, a veces con el apoyo de los más pequeños. El sistema acabó desquiciándose definitivamente poco tiempo después, cuando en mayo de 2002, a nueve días de las elecciones, Fortuyn fue asesinado por un activista ecologista holandés. Dos años después, en noviembre de 2004, el país vivió un segundo trauma cuando el cineasta y periodista Theo van Gogh —incisivo, provocador y muy crítico del islam— fue matado a plena luz del día mientras iba en bicicleta por una calle concurrida en el este de Ámsterdam. Esta vez el asesino era un holandés de ascendencia marroquí, de 26 años, musulmán.

“Los asesinatos de Fortuyn y Van Gogh fueron como sendos choques eléctricos al cerebro colectivo holandés”, recuerda Vossen. “El politólogo Ron Eyerman, en su libro sobre asesinatos políticos, los define como eventos dislocadores. Tiene razón. Fortuyn solía afirmar que era el único que se atrevía a romper los tabúes políticamente correctos sobre el problema que suponía la inmigración masiva de musulmanes, y que ya le castigarían por ello. Para parte de la ciudadanía de a pie, su muerte llegó a demostrar que tenía razón”. El efecto del asesinato de Van Gogh fue diferente: logró atraer al campo antiinmigrante a una parte importante de la élite intelectual capitalina, empezando por los amigos desolados del propio cineasta. Con ello, la crítica del islam logró una nueva legitimidad. Al mismo tiempo, se normalizó la idea de que la política migratoria había fracasado y que la presencia de inmigrantes en el país, sobre todo de Marruecos y Turquía, constituía un problema —una amenaza no sólo en términos de seguridad sino económica y cultural— que pedía algún tipo de solución drástica. Mano dura. (Con sus casi 17 millones de habitantes en un territorio del tamaño de Extremadura, Holanda es el país más densamente poblado de Europa. En 2016, un 22,1 por ciento de la población era considerada “alóctona” —nacida fuera de Holanda o con al menos uno de los padres nacido en el extranjero—, incluidos unos 385.000 ciudadanos de ascendencia marroquí y 400.000 de ascendencia turca).

Entre los conversos intelectuales de 2004 se encontraba Martin Bosma, mano derecha de Wilders y su principal ideólogo. Nacido en 1964 en la ciudad de Wormer, a 20 kilómetros al norte de Amsterdam, Bosma es un politólogo que ha trabajado como periodista en varios medios establecidos, incluida la televisión pública nacional. Pocos días después del atentado contra Van Gogh —que se produjo a 200 metros de la puerta de su casa— Bosma dejó su trabajo para ofrecer sus servicios a Wilders, que en aquel entonces acababa de abandonar el Partido Liberal (VVD). Desde 2006, Bosma es diputado por el PVV.

Bosma, como Wilders, tiene una apariencia peculiar. A pesar de sus 52 años luce una cara de adolescente, cuya verticalidad es subrayada por un par de hombros estrechos, un cuello de cisne, un mentón considerable y una alta frente coronada de una escoba de cabello marrón. Ha desempeñado un papel central en el éxito electoral del PVV, así como en su normalización en el paisaje político holandés. Como periodista y politólogo, comprendió desde el comienzo que la batalla era, en primer lugar, discursiva. De hecho —afirma Vossen— ningún otro partido ha sabido manipular el instrumental parlamentario y la cobertura mediática de forma tan efectiva. “Usan todos los medios disponibles para asegurarse de que siempre están en el foco de la atención” dice. “Como diputados parlamentarios son sumamente activistas. Y nunca dejan de repetir su mensaje nuclear”.

Como consecuencia, sus términos clave se han colado en el debate político, naturalizándose. Se trata de conceptos como “islamización”, “inmigración masiva” y “aficiones izquierdistas” (islamisering, massa-immigratie, linkse hobby’s), que sirven de base para un marco narrativo alarmista de gran tirón electoral. Según Wilders y Bosma, el flujo masivo de inmigrantes musulmanes está a punto de convertir Holanda en una nación islámica, con la complicidad directa de las élites culturales y políticas del país, en su mayoría progresistas, aupadas al poder en la estela de los 60. Estas élites, en lugar de atender a las necesidades de sus conciudadanos holandeses, dedican su tiempo —y el dinero público— a satisfacer sus manías: los subsidios públicos al arte y la cultura; la defensa de la multiculturalidad; la ayuda a países en vías de desarrollo; la acogida de refugiados; o filosofías pedagógicas modernas que erosionan la calidad de la educación. Además, obedeciendo a los mandatos económicos de Bruselas, sacrifican el bienestar de su propio pueblo. Recortan los servicios públicos para la ciudadanía holandesa al mismo tiempo que miles de refugiados —desagradecidos, malcriados y peligrosos— reciben comida, ropa y techo gratis. Mientras tanto, el pueblo holandés está siendo arrollado y marginado en sus propios barrios por las hordas musulmanas. “El PVV sigue al pie de la letra las lecciones de Ernesto Laclau”, dice Vossen, refiriéndose al teórico argentino del populismo. “Han conseguido forjar una cadena de equivalencias entre el islam y la izquierda, contra la que oponen los intereses del pueblo”.

Bosma, el politólogo, ha tenido un papel central en revestir este relato de cierta legitimidad intelectual. En 2015 publicó un libro de más de 500 páginas, titulado Minoría en el propio país, que compara Sudáfrica con Holanda. El Congreso Nacional Africano (ANC) —afirma— pudo hacerse hegemónico en el movimiento anti-apartheid mediante métodos terroristas. Para esta campaña violenta, recibió apoyo económico y moral de la élite biempensante de la izquierda holandesa. Bosma mantiene que la Sudáfrica actual, gobernada por ese mismo ANC, es al menos tan racista como el régimen del apartheid: discrimina de forma sistemática contra los afrikaners, los colonos de origen holandés que, según Bosma, tienen tanto derecho al territorio como la población negra, pero cuya cultura está siendo exterminada. Y ese “etnocidio”, concluye, es la misma suerte que amenaza a los holandeses autóctonos: convertirse en minoría perseguida en su propio país.

Aunque el votante medio del PVV es de educación e ingresos relativamente bajos, el auge del partido crece entre las clases medias. Quizás el sentimiento más compartido entre los seguidores de Wilders es el sentirse excluidos por un sistema político que se ha mostrado incapaz de representar sus intereses y resolver los graves problemas del país. Varios politólogos han señalado las correspondencias entre el discurso del PVV y el del Nationaal-Socialistische Beweging (NSB), el movimiento nacional-socialista de los años treinta que simpatizó con Hitler y que colaboró con los nazis cuando éstos ocuparon el país durante la Segunda Guerra Mundial. Así como el PVV, el NSB se resistió a adoptar una estructura de partido (el PVV no tiene afiliados); también comparten una visión de una “gran Holanda” que incluiría los territorios flamencoparlantes de Bélgica.

¿Cómo clasificar al PVV? “Para mí, no tiene demasiado sentido llamarlo fascista”, dice Vossen, “a menos que queramos definir el fascismo de forma tan amplia que pierde su significado. Para ser fascista un partido tiene que tener un claro componente antidemocrático. Y por más que la organización interna del PVV es todo menos democrática, en términos de programa el PVV no agita contra la democracia, ni mucho menos. Ni tampoco es antisemita; de hecho, ha sido muy pro-Israel”. Por otra parte, Wilders y sus seguidores expresan un desprecio continuo por las instituciones del Estado de Derecho, incluidos el parlamento y el poder judicial.

El problema terminológico refleja la relativa impotencia ante el auge de Wilders del establishment político. “Bosma ha conseguido para el PVV lo que los politólogos llamamos issue ownership: ciertos temas son ya prácticamente propiedad suya”, dice Vossen. “A estas alturas, incluso si otro partido político reconoce, digamos, que la inmigración constituye un problema, o que hay que revisar la política de asilo, el que marca los puntos políticos es Wilders”. Para los partidos de izquierda, el rechazo contundente del PVV sirve para resaltar su propio perfil moral, afirma Vossen, y les rinde. “Para el VVD, de centroderecha, en cambio, la presencia de Wilders supone un desafío mucho mayor porque son competidores directos”.

A comienzos de enero, el líder del VVD, el actual primer ministro Mark Rutte, prometió que su partido nunca entraría en una coalición con el PVV. La táctica es clara: a dos meses de las elecciones, Rutte busca atraer al voto útil. Espera que los votantes potenciales de Wilders se lo piensen dos veces si saben que el PVV no podrá entrar a ninguna coalición de gobierno. Rutte, por su parte, tiene mala experiencia con el equipo de Wilders, cuyas tácticas de provocación y sabotaje no encajan en la cultura política holandesa, basada como está en el diálogo y los compromisos. En 2010, el PVV prestó apoyo parlamentario a una coalición entre liberales y cristiano-demócratas. Cuando lo retiró dos años después, causó una crisis de gobierno. Según las encuestas actuales, en marzo hará falta una coalición de otros cinco partidos para condenar al PVV a la oposición.

Aun así, el pasado reciente indica que el intento de cordón sanitario no debilitará a Wilders, que hasta el momento ha sabido convertir todos los castigos, condenas y censuras en capital político. De todos los líderes de la nueva derecha europea es, además, el que mayor perfil internacional tiene. Goza de excelentes relaciones con el entorno inmediato del presidente Donald Trump, cuyo gabinete y equipo de asesores —entre ellos, el exizquierdista David Horowitz, amigo y admirador de Wilders desde hace años— comparte elementos importantes de su ideario: su postura radicalmente antiislámica, así como el lema “el propio país, primero” (eigen land eerst). Al día siguiente de las elecciones norteamericanas, Wilders tuiteó: “¡Una victoria histórica! ¡Una revolución! ¡También nosotros devolveremos nuestro país a los holandeses!”. Y el día después de que Trump asumiera el poder en Estados Unidos, Wilders se reunió en la ciudad alemana de Coblenza con Marine Le Pen, Frauke Petry (AfD) y Matteo Salvini (Lega Nord). “Amigos”, proclamó allí, “estamos viviendo tiempos históricos. La gente de Occidente se despierta. Se libra del yugo de la corrección política. Quiere que se le devuelva su libertad, su soberanía nacional, y nosotros, los patriotas de Europa, seremos el instrumento de su liberación”. La ironía no puede ser mayor: envalentonados por el triunfo de Trump, Wilders, Le Pen y demás están forjando una alianza europea para acabar no sólo con la Unión Europea sino con los valores de solidaridad que la inspiraron. Saben que todavía no han alcanzado su techo electoral. Mientras tanto, las izquierdas —divididas e impotentes— se desviven en busca de una nueva vacuna antifascista.

Geert Wilders: la extrema derecha sin complejos en Holanda

Las encuestas pronostican que el candidato del Partido de la Libertad ganará las elecciones legislativas de marzo de 2017. Entre sus propuestas, “desislamizar” el país, salir de la UE y rebajar la jubilación a los 65 años
David Morales Urbaneja La Haya | 28 de Diciembre de 2016 – CNTXT

23 de noviembre de 2016. En el Complejo Judicial de Schiphol, a pocos kilómetros de Ámsterdam, un señor con el pelo teñido de blanco y peinado para atrás testifica ante tres jueces. Lo miran serio, sin gesticular, conscientes de que las cámaras de televisión a veces también los enfocan a ellos. El protagonista absoluto es el acusado, que se enfrenta a los cargos de incitación a la discriminación y al odio. Habla Geert Wilders, líder del Partido de la Libertad (PVV) en Holanda:

“Señor presidente, miembros de la Corte. A lo largo de todo el mundo ha emergido un movimiento que no se anda con contemplaciones con las doctrinas de la corrección política de las élites ni de los medios subordinados a ellos. El Brexit lo ha probado. Las elecciones en Estados Unidos lo han probado. Está a punto de probarse en Austria y en Italia. El próximo año también se probará en Francia, en Alemania y en Holanda”.

Este corto análisis de la política internacional y el deseo que le sigue poco tienen que ver con el juicio, pero no importa. El discurso se cuela en cada casa holandesa a través de la televisión, que lo retransmite en directo. Al final Wilders no acertó con lo de Austria, porque allí el ultraderechista Norbert Hoffer perdió en la segunda vuelta, pero sí lo hizo con Italia y está por ver si atina con su predicción sobre las elecciones de 2017 en tres de los países fundadores de la Unión Europea. Confía en que Alternativa para Alemania sea determinante para formar gobierno y que Marine Le Pen se alce con la presidencia francesa. Él trabaja para llegar al poder en Holanda. Las encuestas de momento lo colocan como el favorito para ganar en marzo, pero más allá de los grandes titulares que denuncian su xenofobia, ¿quién es Geert Wilders?

Comencemos aclarando quién no es: no es un recién llegado a la política holandesa. Empezó a trabajar en 1990 con los liberales conservadores del VVD y llegó a ser diputado por este partido hasta que en 2004 decidió romper con ellos. Dos años más tarde fundó el PVV, del que ha sido líder incontestable hasta ahora. En 2010 dio su apoyo al gobierno en minoría formado por el VVD y los democristianos del CDA, pero dos años más tarde hizo caer al gobierno por su oposición a aplicar los recortes exigidos por Bruselas. Se convocaron elecciones anticipadas, pero electoralmente la jugada le salió mal: su partido retrocedió nueve escaños en el Parlamento.

Wilders tampoco busca la moderación para captar el voto del llamado centro ni esconde la crudeza de sus propuestas. Lleva 26 años siendo un político profesional, pero eso no le impide usar el lenguaje de un outsider. Denuncia las medidas de “las élites de La Haya y Bruselas”, defiende que la principal labor de su partido es “luchar contra el islam” y dice que se encargará de que en Holanda haya “menos marroquíes”.

Su programa electoral para las elecciones es una combinación de medidas antiinmigración y reclamaciones sociales habituales en la izquierda. Es fácil de leer y, sobre todo, corto: tiene una página de longitud, desglose económico incluido, y está dividido en once puntos. El más detallado es el primero, en el que habla de “desislamizar” Holanda y con el que, asegura, se ahorraría 7.200 millones de euros. Además, propone que “no se destine más dinero a la cooperación al desarrollo, a la energía eólica, al arte, a la innovación y a los medios de comunicación” (punto 7), con lo que dejaría de gastarse otros 10.000 millones.

El dinero recuperado se destinaría a Defensa y a la Policía (punto 9), a la sanidad y al cuidado de las personas mayores (puntos 4 y 8), permitiría bajar los alquileres (punto 5), los impuestos de la renta y de circulación (puntos 10 y 11) y recuperar la edad de la jubilación a los 65 años (punto 6). Además, “Holanda recuperaría su independencia, así que fuera de la UE” (punto 2), y se aplicaría “la democracia directa: introducción de referéndums vinculantes para que los ciudadanos adquieran poder” (punto 3). Y se acabó, todo resuelto en una página.

Más allá de la anécdota del programa electoral, hay dos claves para entender por qué el fenómeno Wilders triunfa en Holanda. La primera es su apelación a la identidad nacional. Encarna el “We, the people” (“Nosotros, el pueblo”) mejor que ningún otro político en un país pequeño de la UE, pero cuyo nacionalismo ha crecido en los últimos años a su sombra.

Su razonamiento, fácil de seguir, divide el campo político en dos bandos irreconciliables. En el lado contrario están los inmigrantes que no se quieren adaptar a la cultura holandesa y la élite política que se lo permite. Esa misma élite, además de malgastar el dinero en los centros para los solicitantes de asilo y las escuelas islámicas, no ha evitado la transferencia de cada vez más poder a Bruselas. En el otro campo de juego, el suyo, están los holandeses de a pie. Ellos han sufrido los recortes en el Estado del bienestar de los últimos años sin que nadie lo impida. Para colmo, siempre según el líder del PVV, viven con miedo por el terror que algunos inmigrantes siembran en las calles.

La otra clave para entender su éxito es la capacidad que tiene para poner en la agenda mediática y política los temas que le interesan. Un ejemplo es su juicio por incitación al odio y a la discriminación. Todo empezó en un acto electoral de las elecciones municipales de 2014. En una cafetería de La Haya y delante de decenas de seguidores, les preguntó si querían que tanto en la ciudad como en Holanda hubiera más marroquíes o menos. “¡Menos! ¡Menos!”, dijeron animados. “Nos encargaremos de ello”, respondió él.

El discurso fue retransmitido por televisión y levantó un huracán político. Más de 6.400 ciudadanos lo denunciaron por considerarlo discriminatorio y la Fiscalía General anunció una investigación que sentó a Wilders en el banquillo de los acusados. “Soy un político que digo lo que la élite política no quiere oír”, argumentó para defenderse, asegurando que “millones de  holandeses” piensan como él. Otra vez el “We, the people”.

Las denuncias, la vista previa, el comienzo del juicio, cada novedad del mismo… el asunto acaparó portadas de periódicos y decenas de horas de televisión. Wilders se declaró víctima de una persecución política que laminaba su libertad de expresión, obligando a todos los demás partidos a posicionarse sobre el tema. Al final, los jueces dieron su veredicto: inocente del cargo de incitación al odio, pero culpable de incitación a la discriminación. No obstante, no fue condenado a ninguna pena y la jugada le salió extremadamente rentable desde el punto de vista electoral. Según el Instituto Maurice de Hond, la intención de voto del PVV pasó de 27 diputados (18%), un día antes del comienzo del juicio, a 36 diputados (24% del voto) una semana después del veredicto. Y a tres meses de las elecciones.

Un líder fuerte, pero un partido aislado y con una estructura débil

No todo pinta bien para el líder de extrema derecha en las elecciones de marzo. El sistema electoral, de circunscripción única, y la tradición multipartidista de Holanda propician gobiernos en los que normalmente entran varios grupos parlamentarios. “Pero Wilders está aislado políticamente, la mayoría de los partidos ha descartado cooperar con él”, explica Tjitske Akkerman, politóloga de la Universidad de Ámsterdam.

Solo los liberales conservadores del VVD han abierto la puerta a entablar conversaciones con el PVV a cambio de que su líder se retracte del discurso que le valió la condena por incitación a la discriminación. “Es difícil imaginar a Mark Rutte (líder del VVD) colaborando con Wilders como primer ministro. Pero incluso así, no llegarían a los 76 diputados necesarios”, indica Akkerman. Los democristianos aún recuerdan que fue él quien dejó caer el gobierno del que formaban parte en 2012. En esas elecciones anticipadas retrocedieron ocho escaños y pasaron a la oposición. “No confían en él como compañero de coalición”, añade la politóloga.

Según las últimas encuestas, un mínimo de tres o incluso cuatro partidos será necesario para formar una mayoría de Gobierno. Los dos de la actual gran coalición, el VVD y el socialdemócrata Partido del Trabajo (PvdA), pierden apoyos, pero el panorama es especialmente dramático para los segundos. Sufrirían una auténtica pasokización. Los 38 escaños (25,33% del voto) que consiguieron en 2012 se quedarían en 10 (6,67% del voto), según una encuesta del Instituto Maurice de Hond de diciembre de 2016.

Su otro punto débil es el poco arraigo del partido en los territorios. El PVV solo se presentó en Almere y La Haya para las elecciones municipales de 2010 y 2014. En el resto de ciudades, sus votantes se vieron obligados a elegir otra papeleta o quedarse en casa.

Consciente del problema, Wilders ha decidido atajarlo. A principios de diciembre de 2016 anunció una campaña para buscar candidatos para las municipales de 2018. En un vídeo colgado en la web del partido, se dirigió así a sus simpatizantes: “Le necesitamos, porque el PVV no es solo para los holandeses y de los holandeses, sino que también está hecho por los holandeses. Juntos nos vamos a librar de la élite política que quiere romper nuestro país”. Ese “juntos” se medirá en votos el 15 de marzo de 2017. Las negociaciones posteriores para formar gobierno decidirán si, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la extrema derecha se alza con el poder en un país fundador de la Unión Europea.

Almere, semillero del voto xenófobo holandés

Una ciudad holandesa con un 25% de inmigrantes resume el debate sobre la identidad y la integración que centra las elecciones

Juan Diego Quesada – Almere

La ciudad en la que trabaja la pareja de jardineros se levantó en los años 70 en un pólder, los terrenos ganados al mar. Hartos de los pequeños y caros apartamentos de Ámsterdam, una generación de jóvenes con hijos pequeños se instaló aquí en espaciosas casas con jardín. Era también una forma de huir de una ciudad que ya no reconocían como suya, cada vez más multicultural y abierta 24 horas para los turistas atraídos por las luces del Barrio Rojo.

Los primeros habitantes vivían en lo que a ellos les parecía un pequeño paraíso alejado de los problemas de la globalización pero en paralelo las empresas comenzaron a abrir fábricas en los alrededores. Pronto necesitaron mano de obra para trabajos que no querían hacer los holandeses y reclutaron a gente del Rif de Marruecos, una zona aislada y pobre de ese país. Los inmigrantes llegaron con la etiqueta de trabajadores temporales pero la realidad es que nunca se fueron y sus hijos nacieron holandeses.

Almere ha crecido desde entonces a un ritmo vertiginoso. Ya es una de las cinco ciudades más grandes del país. En el camino una buena parte de sus 200.000 habitantes ha abrazo con fervor la ola de populismo de extrema derecha que barre Europa y saca partido de los temores sobre la inmigración, la eurofobia y el resentimiento contra el establishment. El Partido para la Libertad, el de Wilders, es mayoría en el Ayuntamiento con ocho concejales.

Para los estándares de la mayoría de los países europeos Almere sería una ciudad ordenada, limpia, pujante y con cierto encanto, pero en el contexto holandés, con una renta media por habitante de más de 50.000 euros, no tiene mucho prestigio vivir por estos lares. “Antes la gente se tenía respeto. Podías dejar tu casa y tu coche abiertos. Ahora no nos sentimos seguros. No es odio, es la verdad, guste o no”, explica Simone Bradwijk, de 40 años. Ha oído el rumor de que Wilders iba a aparecer por sorpresa para dar un mitín en Almere y lleva un rato dando vueltas con su mejor amiga, Astrid van Dongen.

Las amigas están locas por toparse con el político que ha prometido cerrar las fronteras a los inmigrantes islámicos, prohibir el Corán y cerrar mezquitas. “Va a ganar, va a cambiar este país y el resto de políticos va a tener que terminar apoyándolo. Cada vez somos más”, dice van Dongen, tocada con un sombrero.

 

Simone Bradwijk (i) y Astrid van Dongen, seguidoras de Wilders, en Almere

Simone Bradwijk (i) y Astrid van Dongen, seguidoras de Wilders, en Almere MARC DRIESSEN

 

Que cada vez sean más puede ser verdad, a la luz de los sondeos que colocan a Wilders con posibilidades de ser el más votado esta semana, en la que será la primera de las grandes citas electorales europeas que van a medir este año el poder real de la ultraderecha en Holanda, Francia y Alemania y quizá Italia. Lo que no es cierto, con los datos en la mano, es que Almere sea ahora una ciudad más peligrosa. El índice de criminalidad ha bajado un 14%, su nivel más bajo en la última década, según un informe municipal. La razón del descenso es que han logrado atajarse los robos en vivienda.

Gerry y JP almuerzan a mediodía dentro de la furgoneta. Antes de jardinero, Gerry dice que fue camionero de una empresa de pollos. Era un empleo muy reputado y bien pagado pero la mayoría de empresas de transporte se deslocalizaron a Rumania y ahora son los camioneros rumanos los que cruzan la carretera con la bodega llena de pollos. En esa época trató con muchos trabajadores inmigrantes, “tipos que trabajaban duro”, pero cree que muchos otros viven de las ayudas sociales. Ambos dicen haber perdido la fe en los partidos tradicionales y no tienen muy claro que el Estado les favorezca en algo.

Para algunos las aguas no bajan tan revueltas. Es cierto que el partido de Wilders tiene más votos que nadie en el consejo municipal e incluso éxito con medidas como mejorar el refugio para perros o plantar más árboles, ideas apoyadas por el resto de bancadas, pero en los temas referentes a la inmigración se encuentran con el rechazo de la oposición, que suma más votos. Robert Schipper, de 47 años, pesca en un canal y dice que en Almere “se vive de maravilla” y que todo el que venga a esforzarse es bienvenido. Lo mismo opina Sjoend, basurero municipal: “creo que somos todos iguales y tenemos los mismos derechos”.

No es difícil saber dónde está la mezquita del centro. Solo hay que seguir a una ristra de hombres con barba y chilaba hacia un camino que cruza un puente. Uno de cada cuatro habitantes de la ciudad no es occidental, según un dato de la Oficina Central de Estadística de 2014. Se refiere a gente originaria de África, América Latina, Asia o Turquía. Pero son los marroquíes -el 6% de la población, según Ipsos-  quienes han centrado las invectivas de Wilders.

El padre de Hassan Boukar llegó en la década de los sesenta a trabajar en una fábrica de plástico. Una década después apeló a la reunificación familiar y trajo a la mujer y a los hijos que le esperaban en Tánger. Boukar, de 57 años, es uno de esos hijos a los que Holanda le sonaba a un lugar remoto pero ahora conduce un torito en una fábrica de coches. Dice que “trabaja con ganas” y que intenta no hacer nada incorrecto “porque con los inmigrantes se es más severo”. Habla un neerlandés más que correcto y tiene tres niños que ya nacieron en esta tierra. Dice que se levanta cada día a las siete de la mañana y que ni siquiera fuma tabaco. Nunca ha visto a nadie pidiéndole a los jardineros que apaguen el cortacésped.

 

La ultraderecha de Geert Wilders derrota a la cultura

 

Músicos, escritores, periodistas y gestores cuentan a EL ESPAÑOL que el sector ha tardado en reaccionar ante el auge del líder extremista, que encabeza los comicios de Holanda este miércoles.

 

El líder del PVV Geert Wilders se fotografía con un militante, el viernes, en Heerlen (Holanda).El líder del PVV Geert Wilders se fotografía con un militante, el viernes, en Heerlen (Holanda). Reuters

 

Silvia Cruz Lapeña @silviacruz_news

Como ella, jóvenes artistas, periodistas y escritores nacidos o criados en Marruecos han querido dar la cara por los suyos, con quienes Wilders se ha cebado especialmente. “Mezcla religión e inmigración y señala a un grupo para culparlo de todo. Es la vieja historia del chivo expiatorio”, opina Mohammed Benzakour, poeta y columnista. Fouad Laroui, profesor en la Universidad de Ámsterdam nacido en Chauen, añade un dato: “Hay un problema de delincuencia con algunos grupos de jóvenes marroquíes, más que con los turcos, y eso predispone a la gente a prestar atención a lo que dice Wilders”.

¿Se acabaron los progresistas?

A este autor, Premio Goncourt de novela corta en 2013, le preocupa el discurso del odio del PVV (siglas del partido en neerlandés), pero no el resultado electoral: “Primero, porque su programa no es aplicable, ya que va contra los Derechos Humanos. Y segundo, porque el resto de partidos ha dicho que no pactará con él”. En la misma línea está Rajae, tranquila porque “la Constitución y el sentido común” impedirán que la extrema derecha tome el poder.

El escritor Mohammed Benzakour.El escritor Mohammed Benzakour.

Abdelkader Benali, que llegó a Países Bajos con cuatro años y es uno de los novelistas que más vende allí, cree que las urnas pueden contradecir a las encuestas porque el Brexit y las Elecciones estadounidenses han causado mucho impacto. “Si no es así, será el fin de un país progresista y próspero capaz de mezclar la política liberal con una agenda social”.

La Historia ha demostrado que luchar contra el extremismo y la demagogia es algo reservado a los valientes

Benali tiene claro que una forma de “combatir el racismo y el populismo” es denunciándolo públicamente y cree que si no hay más gente que se manifieste es porque hay cierta fatiga. Pero Benzakour piensa que además, hay miedo: “La Historia ha demostrado que luchar contra el extremismo y la demagogia es algo reservado a los valientes. La mayoría prefiere protegerse con un silencioso angustioso”.

Cultura dormida

Rajae sospecha que hay compañeros que optan por no hablar de Wilders para “no darle más atención de la que merece”. Ernestina Van de Noort, fundadora y directora de la Bienal de Flamenco de Países Bajos, lo analiza de otro modo: “Desde la Cultura, hemos hecho ver que estábamos por encima de todo eso. Pero Wilders marca un antes y después, y es posible que nuestra reacción llegue tarde”.

Efectivamente, en los dos últimos años han aumentado las manifestaciones públicas del mundo cultural contra la ultraderecha, pero Wilders tiene escaño desde 1998. Una de las protestas más recientes se puede ver en la Galería Josilda da Conceiçao de Ámsterdam, donde el Movimiento Nasty Woman, que empezó en Nueva York para responder al machismo y el racismo de Donald Trump, expone 45 obras donde se retrata al presidente estadounidense y a Wilders vestidos de mujer y con velo.

Rachid El Ghazaoui “Appa”, en una manifestación pro palestina, en Ámsterdam.Rachid El Ghazaoui “Appa”, en una manifestación pro palestina, en Ámsterdam.

Rachid El Ghazaoui “Appa” es la excepción más conocida contra el líder ultraderechista. Este treintañero, nacido también en Rotterdam, estuvo en contacto con imanes radicales en su adolescencia, pero se alejó a tiempo y decidió ayudar a los suyos a encontrar salidas. En 2011 compuso un rap en respuesta a un vídeo propagandístico de Wilders, en el que lo amenazaba con dispararle en la cabeza. El líder del PVV lo denunció, el Estado dobló su seguridad y “Appa” aprendió la lección y bajó el tono: ahora emplea sus canciones para atraer votantes a Izquierda Verde, el partido de Jesse Klaver, a quien los medios han apodado el “Justin Trudeau holandés”.

Ni un euro a la Cultura

Edsart Udo de Haes cree que Wilders discrimina a partir del concepto de cultura, no de raza, porque es más amplio y le sirve para defenderse de las acusaciones de racismo. “Dice que la occidental es superior a las demás culturas en todos los aspectos, pero es curioso que en su programa no incluya nada para fomentar las artes y sí para recortarlas”, explica este joven guitarrista a EL ESPAÑOL.

Es curioso que en su programa no incluya nada para fomentar las artes y sí para recortarlas

En efecto, en el programa de Wilders, ni hay referencias al fomento de la cultura, ni promete dedicar un euro a actividades artísticas. Van de Noort recuerda que fue él quien “manchó la Cultura” al decir que era un hobby de las izquierdas: “Con esa frase lo que quería decir es que la Cultura no es necesaria y que por tanto, es para una élite”.

La misma relación establece entre multiculturalidad e izquierdas, dando a entender que la convivencia entre razas y culturas es un capricho de personas que tienen la vida solucionada. Él también la tiene, pero se ofrece a sus electores como “un hombre de la calle”. Con esa estrategia, dice Udo de Haes, lo que pretende es implantar “una dictadura del pueblo”.

Empezamos a movernos un poco cuando en 2013 recortaron los presupuestos de cultura un 30%

El líder del PVV tiene experiencia en retorcer conceptos e ideas y usarlos en su beneficio. Lo saben las asociaciones de homosexuales de Países Bajos, a quienes intenta poner de su parte usando el Islam como arma arrojadiza. Antes que él ya hicieron lo mismo con los gay Marine Le Pen o su admirado Trump, con quien comparte el sentido y el estilo de sus lemas de campaña: “Los Países Bajos serán nuestros de nuevo”.

Arte y política

En 2011, Nasrdin Dchar ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Países Bajos y aprovechó su discurso para decirle a los políticos lo difícil que se lo habían puesto por ser hijo de una mujer que se cubre la cabeza con un velo. Su alegato caló y hubo columnistas que le vieron futuro político.

El actor y presentador Nasrdin Dchar, con su galardón del festival de cine holandés.El actor y presentador Nasrdin Dchar, con su galardón del festival de cine holandés.

“¿No será Dchar el héroe que necesita Holanda?”, se preguntó la periodista Ferdows Kazemi en el diario De Volkskrant. El impacto demuestra que esos alegatos no son habituales para los holandeses. “Empezamos a movernos un poco cuando en 2013 recortaron los presupuestos de cultura un 30%, pero antes, el sector estaba dormidito”, opina Van de Noort.

Hay que hablar para que otros tomen conciencia, pues estas son las elecciones más importante de nuestra generación

“Yo estoy de acuerdo con Nina Simone, que decía que un artista tiene la obligación de reflejar el tiempo en el que vive”, contesta la cantante y letrista Luna Zegers a la pregunta de si la cultura debe o no meterse en cuestiones políticas. Rajae piensa algo parecido: “Sí, sobre todo la gente que como yo tiene una voz en este gran país en el que todos somos iguales”. Y Benali: “Hay que hablar para que otros tomen conciencia, pues estas son las elecciones más importante de nuestra generación”.

Nasrdin Dchar no dio el paso a la política, pero sí Sylvana Simmons, bailarina, presentadora y dj nacida en Surinam, país del que procede el tercer grupo de inmigrantes más numeroso en Países Bajos tras marroquíes y turcos. Un día, en su programa, le llamó la atención a un invitado por un comentario racista y alguien le espetó a ella: “¡Vuelve a tu país!”.

En ese momento entendió la “naturalidad” con la que la sociedad holandesa acepta el discurso de Wilders y se decidió a aumentar el número de partidos (25) que concurren a los comicios del día 15 creando el suyo. Lo llamó Artikel 1 (Artículo 1), por el apartado de la Constitución que garantiza la igualdad de los holandeses. Desde ese día, vive con protección policial permanente.

Sociedad multicultural… y racista

También Wilders vive con seis guardaespaldas y lleva chaleco antibalas desde hace años. Su situación y la de Simmons revelan la distancia que hay entre la imagen de sociedad multicultural que proyectan desde fuera los Países Bajos y la realidad que viven algunos de sus ciudadanos. “Claro que he sufrido discriminaciones, pero me han hecho más fuerte”, explica Rajae.

Otros, como Benzakour dice que no las han padecido, pero las han visto alrededor. Benali opina que en su país, el racismo adopta a veces formas muy sutiles. “Por ejemplo, cuando despotrican delante de mí de marroquíes y musulmanes como si yo no fuera uno de ellos, como si yo fuera mejor. Estoy en contra de esas distinciones porque el racismo no se mide por individuos”.

Habla de nosotros como una ‘invasión’ o un ‘tsunami’.

Benali explica que en neerlandés la palabra para referirse a cualquiera que viene de fuera es “allochtone”. No tiene, según el profesor Laroui, connotaciones negativas y se podría aplicar al actual rey del país, Guillermo Alejandro, cuyo padre era alemán. Pero para Benali, es el abuso de esa palabra lo que la convierte en un arma. “Porque se emplea aunque seas de segunda, tercera o cuarta generación de marroquíes”.

Rajae cree que Wilders la utiliza con gente que lleva más de 50 años viviendo en Países Bajos para reforzar la idea de que llegan demasiados inmigrantes. “Y para hacerlo más absurdo y dramático, habla de nosotros como una ‘invasión’ o un ‘tsunami’”.

Asesinar la cultura

En la cultura popular también se ven las huellas de ese racismo. En diciembre se reabrió un debate sobre la fiesta de San Nicolás, un santo al que acompaña el Negro Pedro, y al que representan niños y adultos pintándose la cara de color oscuro, los labios de rojo y usando pelucas afro.

Varias entidades han pedido su suspensión por considerarla ofensiva, pero Martin Bosma, del PVV, defiende la fiesta apelando a la “tradición” y acusando a sus detractores de querer “asesinar” la cultura holandesa. Bosma no es conocido en España, pero sí en su país: es el ideólogo de los argumentos anti musulmanes que emplea Wilders.

El éxito de sus discursos dice mucho de las dificultades que tenemos los holandeses con nuestra propia historia

Sin embargo, según la antrópologa Lizzy van Leeuwen, la xenofobia de Wilders bebe de fuentes diversas. En el semanario De Groene Amsterdammer, la experta analizóla historia de la familia de Wilders en las Indias Neerlandesas, bastante confusa, pero muy reveladora en lo referente al peso del pasado colonial de los Países Bajos no sólo en el líder del PVV, también en el inconsciente colectivo. “Yo creo que el éxito de sus discursos dice mucho de las dificultades que tenemos los holandeses con nuestra propia historia”, dice Zegers, que cree que hablar de colonialismo sigue siendo tabú en su país.

¿Y la prensa?

“Una parte de los Países Bajos aún no puede creer que exista Wilders. Ni siquiera con la gran atención que le han prestado los diarios, las teles y los digitales”. Habla Van de Noort, que cree que la prensa ha cambiado mucho desde los asesinatos del político Pim Fortuny en 2002 y del director de cine Theo van Gogh en 2004. “El periodismo holandés siempre mantuvo una calidad, era racional y perspicaz, pero se volvió sensacionalista y creo que también eso ha contribuido al ascenso de Wilders”.

El líder de cabello oxigenado no da entrevistas más que a algunos periodistas escogidos. Tampoco le gusta acudir a los debates. Por eso, todo lo que se sabe de sus planes para el país está en sus frases cortas y pegadizas que evita ampliar a toda costa. Pero a la extrema derecha le han salido fiscalizadores de donde no esperaba.

Uno es Nieuwscheckers, web donde los estudiantes de Periodismo de la Universidad de Leiden comprueban los datos y los hechos que hay tras las declaraciones altisonantes de políticos e instituciones de todo signo. A Wilders le han pillado varias mentiras a cuenta de los musulmanes. “A menudo, en las escuelas la única comida que pueden conseguir los alumnos es halal”, dijo al periodista Rick Nieman, que no le rebatió el argumento. Lo hicieron los aprendices: sólo una de las 114 escuelas investigadas ofrecía comida preparada según dicta el Islam.

Falta de transparencia

Wilders tampoco contesta a las preguntas de sus rivales en el Parlamento, a quienes saca de quicio e incluso insulta si alguno insiste en que demuestre sus acusaciones o desarrolle alguna de sus propuestas. Stem Wijzer es una web que recopila y analiza todos los programas electorales.

Sus gestores piden a los partidos que expliquen punto por punto sus propuestas con un lenguaje claro para que cualquier elector pueda consultar (y entender) qué proponen sus formaciones sobre cualquier tema. El PVV no ha aportado sus explicaciones, especialmente necesarias en el caso de un programa electoral que ocupa solamente un folio. Un folio, 259 palabras, la mitad dedicadas a los musulmanes.

En este caso, el enemigo de Wilders ha tomado la forma del cómico Arjen Lubach, conductor de un programa de humor que se emite los domingos en la cadena pública VPRO. Hace unas semanas, dedicó veinte minutos a desmontar el programa electoral del PVV y animó a los holandeses a usar en Twitter el hashtag #hoedan (¿cómo lo vas a hacer?) hasta el día de los comicios para preguntarle a Wilders, por ejemplo, cómo piensa prohibir el Corán sin acabar con la libertad de expresión.

Entre bromas y risas, Lubach también comparó el programa electoral del PVV de 2017 con el de 2012, pero el resultado tuvo poca gracia: hace cinco años Wilders prometía limitar a mil a los solicitantes de asilo aceptados; hoy habla del cierre total de fronteras. En 2012, pedía reducir las subvenciones a medios públicos; hoy pide que sean cero. La misma cantidad de euros que, si gana, destinará a la cultura.

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