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ANALISIS: La extrema derecha en España y el éxito de VOX

Fascismo y responsabilidad compartida

La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz ha sacudido como nunca el escenario político de todo el Estado, pero hace ya tiempo que el neofascismo se estaba colando por la puerta de atrás. Analizamos sus causas y consecuencias. ¿Qué se puede hacer?

MIQUEL RAMOS@MIQUEL_R 2018-12-05 El Salto.
Hace un par de semanas, coincidiendo con el 43 aniversario de la muerte de Franco, organizaciones de extrema derecha se concentraron en varias ciudades del Estado para protestar contra el anuncio del Gobierno español de exhumar el cadáver del dictador y retirarlo del Valle de los Caídos. Estas exhibiciones de nostalgia hacia el anterior régimen han llenado páginas de periódicos y horas en las televisiones, incluso con apariciones en directo de personajes que ensalzaban al dictador y su cruzada. Todos los medios han hablado del franquismo que persiste en España como un residuo caduco y casposo, como los restos del fascismo condenado a desaparecer y que se resiste a adaptarse a los tiempos que corren. No había nada que temer ante los cuatro nostálgicos que todavía sueñan con la vuelta de sus banderas victoriosas.Mientras, y tal y como se ha demostrado tras las elecciones andaluzas, hace tiempo ya que el neofascismo se estaba colando por la puerta de atrás. Desde el mitin de Vox en Vistalegre, que congregó a cerca de 10.000 personas, los medios de comunicación han seguido con especial atención cada acto de este partido, entonces sin ninguna representación en las instituciones. Simultáneamente, los chistes y las parodias sobre Vox han llenado las redes sociales, como si todo fuese una anécdota, un sainete protagonizado por un puñado de ultras que nunca llegarían a nada con sus discursos incendiarios.

Parece que hasta entonces la extrema derecha española estaba escondida en su caverna. Sin embargo, hace tiempo que está presente y se exhibe sin complejos, visitando platós de televisión, protagonizando actos violentos o promoviendo el boicot a obras de teatro, debates o actividades de los “enemigos de España”. En València, lamentablemente, nada de esto es nuevo, y cuando oímos eso de “el despertar del fascismo”, nos pinchan y no sangramos. Y aunque aquí son una minoría irrelevante a nivel electoral hasta ahora, pero muy ruidosa, impune y bien relacionada con el poder, los 12 diputados de VOX en Andalucía advierten que, por fin, la extrema derecha oculta ha encontrado la salida del túnel.

Según el CIS, entre el 80% y el 90% de las personas que se consideraban de extrema derecha votaban al PP

La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz ha sacudido como nunca el escenario político de todo el Estado. Mientras las derechas observan como el discurso más radical funciona (a los originales más que a los que los emulan) y no hacen ascos a pactar con ellos, las izquierdas se preguntan qué han hecho mal. Y los medios, tras haber paseado por sus platós y redacciones a estos sujetos decenas de veces, siguen con el espectáculo hablando de sus audiencias durante la noche electoral y lamentándose porque han sido vetados por los mismos a los que han dado pábulo durante meses.

La extrema derecha española no acaba de llegar. Siempre ha estado aquí, acomodada en su mayor parte en el PP. Según datos del CIS, entre el 80% y el 90% de las personas que se consideraban de extrema derecha votaban al PP desde su fundación a finales de los años ‘80. El modelo catch all, que representaba hasta hoy el partido fundado por el exministro franquista Manuel Fraga, ha sido capaz durante 30 años de juntar bajo unas mismas siglas a la derecha cristiana, a la más moderada y a la extrema derecha. Pero el mérito no es solo suyo, sino compartido con otras opciones ultraderechistas incapaces de convencer, de unirse en una sola candidatura e inmersas en eternas batallas por el liderazgo. Vox no dice nada que otros partidos no hayan dicho antes. Le preceden España 2000, Democracia Nacional, Plataforma per Catalunya, Soluciona, y así hasta llegar al GIL o al partido de Mario Conde, cada uno de estos con sus particularidades y sus diferencias, obviamente. Derechas más o menos extremas con discursos aparentemente anti-establishment, trufados de xenofobia e islamofobia, defensores del neoliberalismo, del revisionismo histórico y con un marcado ultranacionalismo. Ahora, hasta el PP y Cs se han atrevido a cruzar esa línea que les permite autodefinirse como “políticamente incorrectos”, como si fuesen los nuevos punks.

El voto de Vox no responde a un solo factor. Han sido varios los astros que se han conjuntado para alumbrar este éxito inesperado pero imposible sin el papel que han jugado otros partidos, redes sociales y medios de comunicación. El triunfo de las diferentes extremas derechas en el resto de Europa, en Estados Unidos o en Brasil han supuesto una normalización de estas opciones. Si el resto del mundo lo hace, ¿porqué nosotros no? Media humanidad no puede ser imbécil si elige a líderes como Bolsonaro, Trump, Le Pen o Salvini. España no puede ser menos. Aunque cada caso es particular e incluso existen diferencias entre todos estos, hay varios puntos en común, y sobre todo, estrategias, que los han catapultado al estrellato.

Una de estas estrategias ha sido el hábil uso de las redes sociales que han hecho estos políticos, sus estrategas y sus seguidores. En el caso de Vox, las miles de piezas desinformativas de carácter xenófobo, irreverentes y sensacionalistas, han alimentado los prejuicios de un sector de la población que, aunque en parte ya estuviera contaminado con estas ideas, ha acabado todavía más convencido. Solo hay que darse un paseo por la web Caso Aislado, afín a Vox, para hacerse una idea de cómo se construye una realidad a medida que acaba colonizando las redes sociales sin ningún freno. Más aún cuando, hoy, gran parte de la población ni siquiera lee la prensa convencional y tan solo se informa a través de las redes sociales, donde abundan noticias de este tipo, que son reenviadas en masa vía Whatsapp, Facebook o Twitter. Y Caso Aislado no es precisamente lo que su nombre indica: existen decenas de webs con apariencia de medio de comunicación que son también laboratorios de la extrema derecha desde donde se disparan todo tipo de contenidos, a menudo incluso falsos, para reforzar todo tipo de prejuicios. Luego, un ejército de fieles tan solo debe compartirlos entre sus contactos, multiplicando así su difusión hasta llegar a ser incluso más leídos que los medios convencionales.

Alrededor del conflicto en Catalunya se ha afianzado un relato oficial por parte de la mayoría de los medios de comunicación y de políticos, que ha resultado especialmente cómodo para la extrema derecha. Ante un supuesto golpe de estado, un adoctrinamiento feroz, un asedio constante y casi un apocalipsis propiciado por el independentismo, todo está justificado. La prensa ha escondido la presencia de todo tipo de organizaciones de ultraderecha en las manifestaciones españolistas y en los comandos que retiran lazos amarillos y propaganda independentista. Pocas veces se ha explicado qué organizaciones participan de las multitudinarias marchas organizadas por Societat Civil Catalana (SCC), secundadas por PP, PSOE, Cs y hasta miembros históricos de Izquierda Unida como Francisco Frutos. Aunque las manifestaciones no pueden catalogarse como de extrema derecha, toda la ultraderecha española está presente en todas ellas. Como lo estuvo en la gestación de la misma SCC en 2014, tal y como lo demostró el fotoperiodista Jordi Borràs en su libro Desmuntant Societat Civil Catalana (Saldonar, 2015). Borràs nos recordó esta semana, en un articulo en Fotlipou, que el mismo Abascal estuvo en el acto fundacional de SCC en el Teatre Victòria de Barcelona en 2014, con foto incluida.

El cacareado “¡A por ellos!” dedicado a policías y guardias civiles para impedir el referéndum en Catalunya se ha convertido en un lema habitual de la extrema derecha

Lo que se conoce como “blanqueamiento del fascismo” lleva ya años pasando en varios medios de comunicación. Desde reportajes sobre dónde veranean los neonazis de Hogar Social Madrid, hasta entrevistas a conocidos fascistas que denuncian haber sido atacados “por llevar una bandera de España”. En Grecia, el líder del partido neonazi, Ilias Kasidiaris, protagonizó numerosos reportajes en revistas del corazón. En Italia, Salvini posó semidesnudo y sonriente en la portada de la revista Oggi. Y Marine Le Pen, por su parte, se merendó a Ana Pastor en su entrevista en El Objetivo. Demasiadas veces el periodismo no conoce a la extrema derecha, la encuentra divertida, irreverente, ridícula o simple, y acaba justamente picando el anzuelo. No son aficionados ni ignorantes, saben muy bien lo que hacen y cómo hacerlo. Y aunque en algunos casos se haya tratado de instrumentalizar para un “bien superior” o para reforzar un relato, la ultraderecha tiene vida propia, y la mayoría de veces no devuelve los favores.Lejos de ‘despertar al fascismo’, el conflicto en Cataluña ha servido para que la ultraderecha se sienta cómoda con el relato oficial y se exhiba sin complejos. El cacareado “¡A por ellos!” dedicado a policías y guardias civiles que partían hacia Cataluña para impedir el referéndum en 2017 se ha convertido en un lema habitual de la extrema derecha en todos sus actos. Y no solo contra los independentistas. Los discursos de la nueva ultraderecha, desde Vox hasta los más veteranos, siempre disparan contra los mismos: separatistas, feministas, personas migrantes, musulmanes, izquierdistas y casta política, estos últimos cómplices de todos los demás.

La izquierda, por su parte, hace años que navega por aguas turbulentas. Mientras los barrios se llenan de casas de apuestas, los centros sociales cada vez son menos, las asociaciones de vecinos desaparecen poco a poco, y en su lugar, algunas veces, aparecen brotes de ira vecinal contra mezquitas, centros para personas migrantes o centros de menores. Casualmente, tras la mayoría de estos casos se destapa la presencia o incidencia de personajes u organizaciones de extrema derecha, que si ven la posibilidad de atizar el odio, la aprovechan. En numerosas ocasiones han sido otros vecinos quienes han puesto el freno a estas campañas de odio. También grupos antifascistas que saben perfectamente cuando la mano negra está pegando fuego al asunto. Pero en general no existe un movimiento con la fortaleza suficiente para hacer cambiar el marco que ya han instaurado los profesionales del odio. Por mucho que se hable con los vecinos, a las pocas horas estarán de nuevo en su casa consumiendo noticias que advierten de la temible avalancha de migrantes que acecha su pan y su casa. Y lo peor de todo es que no tienen porqué entrar a los portales de desinformación. Ese mismo relato lo reproducen demasiado a menudo los medios de comunicación convencionales o los políticos de turno que hoy se sorprenden de la llegada de Vox.

No existe un movimiento con la fortaleza suficiente para hacer cambiar el marco que ya han instaurado los profesionales del odio

En este sentido, también hay voces desde la izquierda que han responsabilizado a varios colectivos de haber fragmentado la lucha de clases en pequeñas luchas identitarias que solo han beneficiado a la extrema derecha y han desmovilizado a la izquierda. No parece que sea lo más idóneo empezar a navajazos en las redes sociales entre los que son odiados por igual por los fascistas, pero este debate lleva ya tiempo hirviendo en las redes sociales y era de esperar que hoy se busquen culpables. Reclamar derechos y autonomía desde estas luchas no tiene porqué estar reñido con la lucha de clases, ni tampoco criticar ciertas actitudes de determinados colectivos que a veces se muestran impermeables debería ser motivo de tan triste espectáculo. Todo es cuestión de sentarse y hablar, y todos estos colectivos están condenados a entenderse si quieren de verdad vencer a la ultraderecha. Porque cada uno será lo que será, pero en Auschwitz todos llevaban un traje a rayas.

Acostarse con banderas

Si algo ha confirmado la entrada de Vox en política es la existencia de ese franquismo sociológico militante, negacionista y ultranacionalista, autoritario y elitista, que adormecía escorado en el seno mastodóntico del PP pero que ahora, agraciado por un proceso de empoderamiento internacional, ha tirado todos sus complejos por la borda.

CÉSAR RINA@CESARRINA 2018-12-05 El Salto

Después de cada jornada electoral funesta, y ya van varias, se suceden los “os lo advertí” de los gurús de la twitter-intelectualidad. Todos parecen haber previsto el ascenso con fuerza del neofalangismo y todos tienen las soluciones para evitar el avance de un fantasma que extiende su manto de odio y xenofobia sobre las ruinas de una sociedad exhausta de incertidumbres, que proyecta en sistemas religioso-políticos sus expectativas de redención.

Como los falsos profetas que vaticinan los acontecimientos una vez han acaecido, estos propagandistas de los caracteres se lanzan a confirmar sus sesgos específicos en la abstención, la caída de la izquierda que vindica la heredad del 15M y la irrupción de Vox. Cada uno de ellos explica los procesos políticos en función de sus preferencias ideológicas. Nunca la izquierda había tenido tantos directores de orquesta con tan pocos músicos.

La dictadura se prolongó durante cuatro décadas no solo por miedo y represión, sino porque generó amplios espacios de consenso y de consentimiento en la sociedad española

Ha sido tan sorpresiva la noche electoral que el día antes, en una mesa redonda sobre memoria histórica, estuve defendiendo la necesidad de construir una nueva transición que sustentara sus hitos de memoria en principios democráticos y desterrará el recuerdo limpio y aséptico de la dictadura. Sin embargo, un día después, amplias mayorías electorales incluso niegan el carácter dictatorial del franquismo, lo cual es un buen recordatorio para optimistas e ilusos, entre los que me incluyo: la dictadura se prolongó durante cuatro décadas no solo por miedo y represión, sino porque generó amplios espacios de consenso y de consentimiento en la sociedad española.

Buena parte de esta twitter-intelectualidad ha entonado el “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, tan propio de una tradición política más analítica que pragmática. Dos han sido, según la tónica, las causas de la debacle. La primera sería la renuncia de la izquierda a las necesidades materiales más apremiantes, apartadas del centro del debate político por entretenimientos identitarios “hipsterizados”. Se apoyan en una interpretación ágrafa de Gramsci que explica el avance del fascismo en aquellos espacios que la izquierda no ha sabido significar, lo que tan solo demuestra la polisemia del intelectual orgánico italiano, que vale tanto para explicar una cosa como su contraria.

Sin restar importancia a estas claves ideológicas en unos horizontes sociales marcados por el individualismo, la distinción y la sed de identidades, cabe recordar que Vox, Ciudadanos y PP no han ofrecido solución alguna a los problemas materiales —paro, precariedad y pobreza— ni han conectado con ninguna de las necesidades económicas que explicarían la pérdida de peso de las izquierdas. Más bien lo contrario, estos partidos solo han ofrecido mitos y banderas, es decir, identidad e irredentismo conectado con una amplia memoria histórica nacionalcatólica. Por lo tanto, se puede ridiculizar el carril bici o los huertos urbanos, pero sin perder de vista que la batalla se ha perdido en cuestiones emocionales e identitarias.

La solución de Vox a los problemas de la gente es la reconquista, la hispanidad y la unidad nacional

La solución de Vox a los problemas de la gente es la reconquista, la hispanidad y la unidad nacional. La segunda explicación teleológica ha puesto el foco en la pérdida de conexión de la nueva izquierda con el contexto real, refugiada en la virtualidad de las redes y en los rituales de autoconfirmación de los “likes”. La paradoja radica en que los abanderados de estas teorías pasan el día pontificando desde la red, como si fueran catoblepas, aquel animal imposible condenado a alimentarse de sí mismo.

Quizá el error de tanto analista político está en aceptar la premisa de la elección como resultado de un proceso racional, de matriz ilustrada, o bien como la plasmación de una condición de clase previa. Por esto mismo no consiguen explicar que un propietario de invernaderos de Almería que ha hecho dinero por el trabajo esclavo de miles de inmigrantes ilegales vote a partidos que exigen su expulsión; o que la señora de Los Remedios que ha hecho su ajuar de Chanel y Louis Vuitton en los manteros de los paseos marítimos manifieste electoralmente su odio hacia el colectivo amorfo que la abastece de distinción.

La condición humana no es funcionalista. Ya lo advirtió Rousseau en relación al contrato social. Consciente de que la partida se jugaba en el campo de la humanidad, y por tanto, de la subjetividad, consideró que el contrato social, para enraizarse, requería de algo más que lógicas racionales que lo hegemonizasen. Por ello habló de la necesidad de construir una religión civil en torno al contrato, pues este no se asentaría desde la comprensión racional, sino principalmente desde la pasión y la emoción. La irracionalidad —y la visceralidad de los estados de ánimo— son agentes fundamentales de las ideologías y condicionan las balanzas electorales. Buscar lógicas de voto es un ejercicio de voluntarismo causalista interesante, pero nada más.

Si una parte del electorado ha votado en clave ultranacionalista y xenófoba, ¿tiene la izquierda que envolverse en la bandera y renunciar de camino a sus principios universalistas?

En este contexto, que presumiblemente empeorará en las próximas citas electorales —la extrema derecha y el sociofranquismo se han retirado la máscara—, cabe hacerse la pregunta: ¿qué puede o debe hacer la izquierda? La confusión es total y tratar de dar una respuesta sería un ejercicio de onanismo.

La retórica de los profetas, fieles a una tradición que hunde sus raíces en el principio de los tiempos, es ininteligible. Si una parte del electorado ha votado en clave ultranacionalista y xenófoba, ¿tiene la izquierda que envolverse en la bandera y renunciar de camino a sus principios universalistas?

Si los votantes de Vox rechazan las políticas de género y la normalización jurídica del colectivo LGBT, ¿tiene la izquierda que adaptarse a ellos? Si se extiende el miedo hacia los inmigrantes, especialmente a través de bulos —durante la campaña electoral he recibido varios mensajes en los que se afirmaba que a todos los ilegales el gobierno les daba un sueldazo y les regalaba una casa—, ¿hay que entrar en el juego racista?

Si una parte de los hombres creen que con el feminismo se está destrozando una estructura sagrada y, de paso, sus privilegios de género, ¿debe la izquierda atemperar sus propuestas identitarias y amoldar sus principios ideológicos a cada contexto electoral?

Si las respuestas son negativas, ¿por qué asumir la responsabilidad de que el racista, machista y nacionalista vote consecuentemente al partido que mejor le representa?

Si algo ha confirmado la entrada de Vox en política es la existencia de ese franquismo sociológico militante, negacionista y ultranacionalista, autoritario y elitista, que adormecía escorado en el seno mastodóntico del PP pero que ahora, agraciado por un proceso de empoderamiento internacional, ha tirado todos sus complejos por la borda. Mi amiga Mariajo lo explica con la fábula de los rinocerontes de Ionesco, al principio silenciados y estigmatizados, pero que acaban ocupando el centro de los debates valiéndose de la violencia y de los imaginarios redentoristas. La historia es prolija en ejemplos de este rápido transformismo al que se asoma la sociedad española. Ya ha empezado a salirle el cuerno y miles de pequeños rinocerontes comienzan a visibilizar y normalizar su nuevo cuerpo.

Tras las nubes de tormenta que nos han traído las elecciones andaluzas se esconde el nacionalismo, una ideología política totalizante que carga a sus espaldas millones de muertes en los dos últimos siglos

Tras las nubes de tormenta que nos han traído las elecciones andaluzas se esconde el nacionalismo, una ideología política totalizante que carga a sus espaldas millones de muertes en los dos últimos siglos. Quizá, debido a su apariencia banal, a su reafirmación cotidiana, no podemos valorar la magnitud del fenómeno ni su potencial en la movilización del odio, el racismo, la otredad y el exclusivismo.

El nacionalismo —también llamado patriotismo para adelgazarlo de barbarie— es la plaga destructiva de nuestras sociedades, la religión política por la que una mayoría electoral busca la redención colectiva amparada en narrativas historicistas de grandeza. Sucedió también en las elecciones catalanas: ganaron las banderas.

El nacionalismo es un movimiento insaciable, nunca se siente satisfecho, siempre habrá más plazas que inundar de banderas, más calles que nombrar con héroes nacionales, más traidores a los que expulsar de su territorio sagrado y, en un estadio de exaltación superior, pero nada lejano, la cima del patriota, el sacrifico por la nación, la entrega de la vida, como siguen conmemorando todos los países del mundo en piras que arden en recuerdo de los que murieron por la patria.

La nación exige la vida de sus miembros. El problema es que nunca está satisfecha y exige más sangre, banderas más grandes, más espacio, más nosotros, más “a por ellos”, más rituales, más creyentes. Los pirómanos que han inundado de banderas y proclamas cuarteleras nuestras calles —por supuesto, también las catalanas, pese a su halo de modernidad democrática, hemos comprobado en las últimas jornadas las infinitas vueltas que pueden dar las banderas para cubrir, en nombre de un fin supremo, la miseria y el descontento social— han alimentado, quizá inconscientemente, a un monstruo titánico con un poder destructivo inconmensurable y que en el nombre sacrosanto de la nación y sus símbolos pretende imponer, bien por el miedo, bien por la socialización y las expectativas regeneradoras, una España perfecta en la que no cabemos.

Nadie puede saber hasta dónde llegarán las fauces hambrientas de este monstruo, aunque Gil de Biedma ya vaticinó con amargura que “de todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España / porque termina mal. Como si el hombre, / harto ya de luchar con sus demonios, / decidiese encargarles el gobierno / y la administración de su pobreza”.

Predicadores y culpas

De una u otra forma, sea siguiendo las reglas de un juego democrático trucado o ignorando el sistema, al fascismo se le combate desde todos los frentes. Votando, haciéndole la vida imposible en el terreno de las ideas, en la calle, en las prácticas, en la organización y en las realidades materiales.

ALANA PORTERO  2018-12-04 El Salto

Lo último que una esperaría ante la llegada del fascismo a las instituciones es asistir al tremendo baile de figuras entre columnistas y opinadores, para arrojar la culpa al inventado imperio de la identidad de un modo tan coordinado que, de no ser tan peligroso, resultaría divertido, por torpe, previsible, perezoso y flatulento.

En el siglo XXI los espadones no se alzan a modo de pronunciamiento, tampoco se susurran asaltos al poder en los cuarteles. Ya ni la estética romántica nos queda en este parque temático de predicadores horteras en que se ha convertido la escena política ultraderechista y el columnismo de extremo centro. El fascismo llega a las instituciones abriéndose paso educadamente en el baile burgués de los poderes fácticos: apoyo de los poderes económicos, visibilidad en los medios, manipulación a través de toda herramienta de comunicación a su alcance, mentiras y conveniencia sistémica.

No solo lo hemos visto venir, lo hemos hecho en prime time

No es un auge, es una actualización del sistema con los mismos niveles de crueldad que arrasaron una vez el mundo pero con modos de primer cuatrimestre de teoría de la comunicación. No solo lo hemos visto venir, lo hemos hecho en prime time.

La noche de las elecciones andaluzas apenas estaban dándose los primeros datos de participación y había quien estaba babeando el canesú de la camisa ante la posibilidad de plantar el pino de sus hipótesis en nuestra mesa del comedor. El pudor se pierde justo antes que el rigor y la euforia por llevar el desastre a la parcelita de razón que cada uno se ha construido suele dejarnos movimientos dialécticos dantescos, declaraciones de mal gusto y exhibiciones de imbecilidad rampantes como dragones heráldicos. Lo que toda la vida ha sido tener poca vergüenza y ser un bocazas. El análisis de una situación semejante requeriría un mínimo de sosiego, nos jugamos demasiado como para subirse con el megáfono a una caja de botellines a la primera de cambio.

Entiendo que el enésimo texto contraponiendo luchas parciales y luchas comunes es un ejercicio de cansinismo importante. Pido perdón por ello. Se que contribuye a agigantar los contornos de un espantajo que no ha existido nunca pero que ya transita los terrenos de la hiperstición, es decir, que la dicotomía “diversidad versus lucha obrera” es una milonga que se ha amplificado con tanto encono que ha acabado por hacerse real ante quien estaba deseando tener una excusa para odiar, vengarse y mantener el estatus. Aparte de un regalo dialéctico a los enemigos para inflamar su natural odio a lo diferente. Colaboracionismo puro.

Quien esté leyendo este texto entenderá que, como mujer, trans, marica, pobre, comunista y obrera, quien me acuse de hacer el caldo gordo al fascismo está tocándome las palmas demasiado fuerte como para no levantarme y patalear un poquito.

De mi padre aprendí que jamás se atraviesa un piquete, de mi madre que calificar de lastre a quienes están en una posición de desventaja constituye el más abyecto de los esquirolajes

Para empezar, olvidándome de mi irrelevancia y poniéndome en los zapatos de quien se tenga por adalid de la clase obrera, me cuidaría mucho de calcar la estrategia al enemigo. Dos días después de las elecciones está más o menos claro que las minorías atomizadoras de mujeres, personas LGTB y gente racializada no ha votado a la derecha. Entiendo que el subidón de la razón es tentador, pero más allá del sesgo de confirmación de cada ego, no existe dato alguno que apoye la conjetura de un trasvase de votos de obreros a la derecha, confundidos por las supuestas veleidades posmodernas que suelen achacar estos escuálidos análisis de clase.

Seguir con esta matraca es decir lo mismo que dice VOX, que la diversidad es sinónimo de decadencia moral, lo cual suena a discurso de fraile aterrado ante la debilidad del sacro imperio o a legionario que mea cazalla. También supone un ejercicio de clasismo insoportable, teniendo a obreros y obreras por cazurros detenidos en el tiempo incapaces de entender algo tan sencillo y tan puramente materialista como los ejes de opresión. Mostrencos que han de ser pastoreados para que no se desvíen de la ortodoxia.

Que cada quien escoja a sus referentes.

De mi padre aprendí que jamás se atraviesa un piquete, de mi madre que calificar de lastre a quienes están en una posición de desventaja constituye el más abyecto de los esquirolajes. Y de los dos que sin solidaridad no merece la pena vivir.

Si la simple enunciación de problemas concretos que padecen compañeros o compañeras y la exigencia de que toda la clase obrera tome conciencia de los mismos, es motivo para quedarse en casa y no votar junto a quienes más nos necesitan, deberíamos replantearnos nuestra escala de valores, nuestra decencia y nuestro compromiso obrero. Para sujetos hechos a imagen y semejanza del creador ya está la mitología del Sinaí.

Solo prestando un mínimo de atención a la realidad de la pasada campaña andaluza en lugar de leer titulares envenenados se puede echar abajo este mito de la claridad discursiva de la derecha

Si como trabajadora no soy capaz de apreciar en toda su importancia y su especificidad las necesidades de una compañera con dificultades mayores que las mías, estoy copiando actitudes burguesas y la idea de revolución me queda grande. Toda esta maraña plomiza de la atomización tiene fácil arreglo, entenderla en términos materiales y dejar de inventar teorías, conspiraciones y piruetas discursivas para justificar la insolidaridad.

Una de las mentiras más repetidas de todo este tinglado es que la ultraderecha, en este caso VOX, está hablando en términos fáciles de entender y sus propuestas parecen dar soluciones inmediatas a lo que de verdad le preocupa al trabajador medio. En contraposición a la jerga ciudadanista y teórica de la izquierda blandengue. Por no hablar del feminismo y sus histerismos que parecen importunar al buen y decente madrugador.

Solo prestando un mínimo de atención a la realidad de la pasada campaña andaluza en lugar de leer titulares envenenados se puede echar abajo este mito de la claridad discursiva de la derecha. VOX se ha limitado a hablar de familia tradicional, ideología de género y amenaza inmigrante. Odio puro. Otra cosa es que eso haya movilizado a quien estaba deseando encontrar una representación a la altura de su miseria.

Este país se cimenta sobre consensos bendecidos por el franquismo y sus instituciones, montar el número del marqués indignado porque vienen los fachas y echar la culpa al mozo de cuadra es un ejercicio de cinismo ridículo. Sencillamente ahora se dan condiciones materiales para abandonar posiciones conservadoras que proporcionaban cierta paz de conciencia a quien llevaba esperando décadas para hacer el saludo romano a placer y ante las cámaras.

Soy muy consciente de que todo el texto, toda la argumentación, se dispone en términos de democracia burguesa y electoralismo. De una u otra forma, sea siguiendo las reglas de un juego democrático trucado o ignorando el sistema, al fascismo se le combate desde todos los frentes. Votando, haciéndole la vida imposible en el terreno de las ideas, en la calle, en las prácticas, en la organización y en las realidades materiales.

El miedo es útil si a partir de él reforzamos el tejido conectivo de nuestra hu

manidad, nuestra clase y nuestra resistencia

El día 8 de marzo las feministas organizamos las movilizaciones más grandes que ha visto este país en más de una década, además de plantear una huelga general seguida por más de cinco millones de trabajadoras. Previamente habíamos derrocado a un ministro. Burlarse del feminismo en toda su diversidad y sus contradicciones, tachar de lucha parcial los intereses de la mitad de la población mundial, catalogarlo como distracción es, no solo ignorar el movimiento popular con más capacidad de transformación que tenemos entre manos, supone un error estratégico demencial y una prueba irrefutable de quién se preocupa más por el estatus que por el bien común.

También es insultar a Qiu Jin, a las trabajadoras de la Triangle Shirtwaist, a Nina Agadzhanova y Maria Vydrina, a Louisa Gonzalez y Emma Tenayouca, a Assata Shakur y Angela Davis, a Sylvia Rivera y Marsha Johnson, a obreras que dieron su vida y su libertad en tanto que proletarias, mujeres y racializadas, sin que quepa contradicción alguna en su legado.

Si el posicionamiento de la ultraderecha en el parlamento andaluz sirve para entender que nada de lo humano nos es ajeno, que Viktor Orban, Salvini o Trump no nos quedan tan lejos como pensamos; que la solidaridad y la creación de redes de apoyo tienen que convertirse en nuestro día a día, que hay muchas personas haciendo un trabajo descomunal en organizaciones políticas, sindicatos, grupos de trabajo y asambleas que necesitan nuestra ayuda, que somos fuertes en nuestra vulnerabilidad si permanecemos juntas, que nunca está de más hacer autocrítica y adquirir tanto conciencia de clase como amplitud de miras, que no podemos dejar que ganen nunca más. Habrá merecido la pena el mazazo.

El miedo es útil si a partir de él reforzamos el tejido conectivo de nuestra humanidad, nuestra clase y nuestra resistencia. Ya lo hemos visto en las calles de Andalucía un día después del desastre. Que los heraldos del negocio de las ideas no os convenzan de lo contrario. Podemos hacer frente a esto y lo haremos juntas. Buscad el lugar en el que hacéis falta, sea una asamblea vecinal, una okupa, o un hashtag, confiad en quienes tenéis al lado, resistid, la historia acabará dándonos la razón.

2-D: La llamada de atención a la izquierda andaluza y española

Vox dio la sorpresa en la jornada del 2D que se explica en las caras de Teresa Rodríguez y Susana Díaz en la noche electoral. Las izquierdas personifican la abstención y ninguno de los dos partidos consiguió recoger el descontento que generó el otro.

DAVID ARRIBAS  2018-12-03 El Salto

No era casualidad que, antes siquiera de que se dieran los resultados, Marine Le Pen felicitara al partido ultraderechista español. La entrada en escena de Vox ha sido con fuerza al recabar el 10,9% de los votos, un resultado similar al conseguido por otras fuerzas extremistas como el partido AfD en Alemania. Esto implica el estreno de España en el fenómeno del populismo de derechas antinmigración, cuando hasta ahora se había visto inmune a esta oleada. En cada país se desarrolla de diferente manera con muchos matices entre sí. Por ejemplo, el Frente Nacional no fue homófobo hasta hace muy poco tiempo, cuando optaron por virar hacia el conservadurismo en busca de nuevos nichos electorales.

En España, la ideología que presentan no es novedosa: los valores del nacionalcatolicismo que por desgracia ya conocemos, un partido abiertamente homófobo que defiende la ‘familia natural’, y machista. El feminismo es para uno de los diputados electos de Vox una suerte de ‘yihadismo de género’. Lo que sí es nuevo es su forma de expresar el mensaje, el copy paste de la doctrina discursiva de Steve Bannon que ahora recorre Europa en busca de crear un movimiento global. Se abre pues el desafío de crear un discurso con una propuesta de Europa alternativa de cara a las elecciones europeas de Mayo (elecciones que no solían tener especial importancia en España).

¿QUÉ IMPLICA LA ENTRADA DE VOX EN ANDALUCÍA?

Por primera vez entran en el Parlamento de Andalucía 12 diputados que tienen el compromiso programático de cerrarlo. La política marginal del “España una y no cincuenta y una” tiene ya representantes parlamentarios con la aspiración de recentralizar el Estado. De momento están lejos del poder y no tienen posibilidad de hacerlo al no tener compañeros de viaje que compartan la idea de suprimir parlamentos. Si bien no hay un equilibrio de fuerzas para hacerlo, parece que sí empieza a haberlo para eliminar las autonomías por fascículos.

Pablo Casado se mostró a favor durante la campaña de quitar a las autonomías las competencias en educativas para que sea exclusiva del Estado, reduciendo el papel de los gobiernos autonómicos a meros gestores de políticas dadas desde Madrid. Es otra posibilidad, en lugar de clausurar Parlamentos, con la mala prensa que eso conlleva, se plantea desde la derecha ir vaciando las autonomías hasta que llegue un momento en el que deseemos que las quiten porque: ¿para qué votar sin soberanía?

El hartazgo de los andaluces hacia el PSOE-A y el régimen montado en tantos años de gobierno se ha evidenciado tanto con los votantes tradicionales socialistas que han buscado alternativas en Ciudadanos como con los muchos que se han quedado en su casa a la hora de votar. El PSOE-A con Susana Díaz a la cabeza han ejercido de sector duro dentro de su partido con el tema catalán al tiempo que a nivel estatal se iban dejando caer pequeñas intenciones de diálogo en el conflicto. Por eso, cuando el problema catalán se ha recrudecido y después de que protagonizara la campaña electoral andaluza los votantes que querían dureza con Cataluña se han encontrado con un partido de izquierdas que cambia la intensidad de su discurso en función del nivel territorial y con tres partidos que son permanentes afiliados a la política de la escalada del conflicto. Mientras el PSOE juegue con un discurso similar al de las derechas nunca podrá ganar por eso de que la derecha siempre apuesta más fuerte y porque ante el original y la copia, el elector prefiere el original.

Es difícil prever los movimientos del PSOE-A de aquí en adelante. Bajo la proclama de una “alianza constitucionalista” aspiran a presentar una investidura de Susana Díaz llamando a la responsabilidad de los demás grupos políticos. El problema es que el argumento constitucionalista solo funciona cuando hay consenso sobre si el rival de este pacto es inconstitucional. El consenso entre PSOE, PP y C’s a nivel estatal para situar a los independentistas catalanes fuera de la Constitución no se repite aquí puesto que las derechas tienen claro que aceptar a Vox es un paso necesario para echar a Susana de la Junta. Aceptan pues pulpo como animal constitucionalista.

LA RESPUESTA DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA

Cada vez que la extrema derecha asusta se repite la misma reacción desde la izquierda, el reparto de culpas y la reducción del análisis político a soltar el calificativo de fascista a diestro y siniestro. Las culpas suelen acabar en la propia trinchera. Van desde culpar a las minorías, las cuales van a sufrir especialmente la regresión de derechos como en el Brasil de Bolsonaro, por distanciarse de la clase obrera con las políticas de identidad hasta culpar al sector más ortodoxo de la izquierda por seguir referenciándose en unas categorías del siglo XIX alabando un folclore con el que pocos se sienten identificados más allá de los círculos militantes. Así pues, escuchamos anoche gritos de “No pasarán” en la sede de Podemos en Madrid y gritos de “Sevilla será la cuna del fascismo” en el cuartel general de Adelante Andalucía.

Es comprensible la crispación del momento, pero una vez termine el luto toca analizar el porqué del fracaso de la izquierda en las elecciones y, a partir de ahí, buscar nuevas estrategias y discursos con los que articular más población de la que atraen ahora. Replantearse la ausencia absoluta de un discurso sobre la inmigración (del tipo que sea, actualmente no se tiene ninguno), estudiar si las prioridades de la izquierda al entrar en las instituciones se corresponden con las de los españoles, pensar si los perfiles de los candidatos se corresponden con lo que esperan los votantes, dejar de presentarse con un nombre diferente cada vez que se abren las urnas… Decidir una nueva estrategia y hacerla pública con un discurso nuevo, sacar del cajón los himnos de la Guerra Civil no llevará a nadie que no sea un orgulloso militante a votar.

Pero el principal problema que se presenta a la izquierda es definir su rival. El PP y C’s no parece que vayan a confrontar directamente con Vox al necesitarles y es la izquierda la que puede tener la tentación de dedicar cada frase al partido ultraderechista. Pablo Iglesias tiene un tipo de liderazgo que está muy polarizado, para la mayoría de los votantes o les encanta o le odian y ser odiado es también una gran responsabilidad. Cuando el votante de derechas se encuentre indeciso y tenga ante sí a tres partidos posibles puede decidirse por aquel que mal odie el político que más odie (el enemigo de mi enemigo es mi amigo). La izquierda tiene la responsabilidad de designar como su antagonista a un partido de derechas que respete las normas del juego. La alternativa es designar a Vox como su rival por eso de que es más fácil combatir a un enemigo que es claramente anti-democrático pero con ello tendrá que asumir su parte de responsabilidad si Vox sigue aumentando y toca gobiernos. Definir a tu adversario es un arma muy poderosa.