7 març 2011

Una expedició nocturna d’activistes, periodistes i testimonis posa a prova bars sospitosos de racisme en 20 ciutats europees

Una acció organitzada per SOS Racisme es realitzà de forma simultània les nits del divendres 4 i dissabte 5 de març, en Bilbao i altres 14 països europeus, a iniciativa de la xarxa europea contra el racisme European Grassroots Antirracist Movement (EGAM). Un grup de persones amb gravadores camuflades i de diferents orígens i races acudí a distints locals nocturns de la capital biscaïna per comprovar els criteris racistes a l’hora d’admetre o denegar-hi l’entrada. Mentre alguns dels porters dels locals esgrimeixen excuses d’aforament o de “festes privades”, altres directament afirmen que “ni negres ni moros”. Els activistes han publicat els noms dels locals i han denunciat públicament el racisme que existeix, relatant cada cas concret. Notícia de Periodismo Humano:

“Aquí no entran negros ni moros”

Una expedición nocturna de activistas, periodistas y testigos ponen a prueba bares de copas sospechosos de racismo en 20 ciudades europeas

De los nueve visitados en Bilbao, ocho impiden el acceso a quienes no responden al perfil de europeo blanco

07.03.2011 · periodismohumano · Bilbao: María R. Aranguren

Es viernes, son las diez de la noche y nos han servido unos bocadillos en un local situado en la estación de tren de Abando, en el corazón de Bilbao. Quedan siete horas de vida nocturna en los bares y cuando termine la fiesta se habrán escuchado frases como estas: “Venid luego y entráis”, “esta es una fiesta privada”, “pídele explicaciones al jefe”, “hago lo que me mandan”, “ni negros ni árabes”, “quítate esa gorra”, “tienes que pagar”, “si quieres entrar llamas a la policía y entras”, “marroquís y argelinos no”.

Abdeighani Graa, un joven marroquí que emigró en 2006 a la capital vizcaína, está acostumbrado a escuchar estas frases. Aunque habitualmente prefiere quedarse en casa, no entiende por qué cuando sale de marcha el personal de seguridad de bares y discotecas le niega la posibilidad de acceso mientras todos los demás pasan. “Vas para olvidarte de los problemas y ellos te ponen otros”, afirma. Hoy ha dedicado un tiempo a arreglarse, como siempre, y se ha puesto chaqueta y zapatos, aunque sabe de antemano lo que ocurrirá cuando se acerque a las zonas de copas. También sabe lo que le ocurriría en muchos otros bares y discotecas si estuviera en Barcelona, Madrid o Valencia. Ha visitado varias ciudades de España y siempre le ha pasado lo mismo. “Turistas sí. Moros no”.

Hoy el grupo que come un bocadillo en la estación de Abando está conformado por personas de orígenes diversos. A Abdeighani lo acompaña su amigo Adil. Mobarak Kabouri, Zohair Rife y Salah Farroukh, también son marroquíes. Oumar Kane y Ababacar Sambe, inmigrantes senegaleses, Adrián Castillo Álvarez, peruano, y Álex Castro, de Colombia, completan el grupo de personas susceptibles de ser discriminadas. Los vascos Joseba Pando e Iván Molina Allende, junto con Matthias Rüdinger y Manuel Birke, dos turistas alemanes, son los encargados de entrar a los bares que hayan discriminado a alguno de los anteriores, para demostrar así que el criterio de admisión es racista.

No es una noche cualquiera. Esta vez hay grabadoras en los bolsillos y una estrategia: acudir a los bares de copas de una manera planificada para comprobar a quién y cómo se le impide el acceso. Se trata de una acción organizada por SOS Racismo y que se realizó de forma simultánea, las noches del viernes 4 y sábado 5 de marzo, en otros 14 países europeos, a iniciativa de la red europea contra el racismo European Grassroots Antirracist Movement (EGAM).

En Bilbao, las denuncias interpuestas por discriminación en bares y discotecas se concentran en torno a Alameda de Mazarredo y Galerías Urquijo, dos de las zonas con más ambiente nocturno de la ciudad, y es ahí a donde se dirige el grupo, que se ha dividido en parejas y que pisa ya las galerías donde varias chicas jóvenes ofrecen chupitos gratuitos a los transeúntes. El aforo no está completo en ningún local, pero esta será una de las excusas que esgrima el personal de seguridad cuando Salah Farroukh, Omar Kane y otros jóvenes de origen no europeo traten de entrar. Sucede en el primer bar. También en el segundo, en el tercero y en el cuarto.

Mientras Matthias Rüdinger y Manuel Birke, rubios y de ojos claros, acceden sin ningún tipo de invitación ni pase, Salah Farroukh y Zohair Rife se enfrentan a la negativa del personal de seguridad.

-“¿Por qué no puedo pasar?”, pregunta Salah.

-“Hay una fiesta privada”, responde el hombre que decide el acceso.

-“Pero eso no es verdad, otros amigos han entrado”

-“El que organiza la fiesta decide, a mí no me preguntes, pregúntale al jefe”, contesta.

Los dueños de los locales de la zona parecen haberse puesto de acuerdo en las instrucciones. La mayoría de los porteros se justifican argumentando la celebración de fiestas privadas. Sin embargo, a juzgar por el libre tránsito del resto de componentes del grupo, los porteros mienten. Otros confiesan sin escrúpulos: “Ni negros ni moros”.

El acceso es discriminatorio en el bar Every, donde no entran ni marroquíes, ni subsaharianos ni latinos pero sí todos los demás. En Big Ben, donde no entra ningún africano. En Weekender y en Bongo Loco, donde no pasan los marroquíes, y en El Tres, donde sólo consiguen pasar si van acompañados de personas autóctonas poco dispuestas a tolerar actitudes racistas.

“Les acabo de preguntar por qué a mí me dejan entrar y a mis amigos no, y me han dicho que yo no tengo pintas de robar”, exclama Miren, una joven bilbaína. “¿Qué razones son esas?”, se pregunta indignada. Alguien propone solicitar hojas de reclamación, pero los porteros, muy nerviosos e intentando justificarse, se resisten. “Sí, pero esperas”, “¿Hoja de reclamación para qué? No somos racistas”, “Si no has entrado al local no tienes derecho a pedirla”, “Niña, no me toques los cojones”.

Every es uno de los locales donde niegan ese derecho de los clientes y el grupo se ve obligado a llamar a la Policía Municipal, que llega unos minutos más tarde y está presente mientras los afectados rellenan los datos. “¿Sabes qué? Eres un hijo de puta”, cuenta Salah que le ha dicho el dueño al oído cuando han llegado los agentes.

Son las dos y media de la mañana y es hora de cambiar el rumbo. Alameda Mazarredo queda cerca de la calle Urquijo y ahí se dirige el grupo, que continúa tranquilo aunque un tanto desmoralizado. Las conversaciones ya sólo versan sobre la discriminación por raza u origen y sobre las barreras que dificultan la integración. Nuevamente, la realidad se impone tozuda.

En el Divino Cielo, el sexto bar visitado, no dejan entrar “ni a marroquíes ni a negros”. Así lo dice el personal de seguridad. En Galeón impiden el acceso a marroquíes. En la Otxoa, piden a Abdeighani y a Adil que paguen ocho euros, mientras los demás entran sin que nadie les pida entrada. En Charol, sólo los hombres pagan, las mujeres entran gratis; es el único local en el que no se demuestra discriminación por origen.

Los resultados del testing llevado a cabo en países como Francia, Suiza o Bélgica no son tan abrumadores. En los catorce países que han participado en el European Testing Night, se han encontrado un total de 35 locales que discriminan por motivos raciales. Pero Benjamin Abtan, integrante de SOS Racismo Francia y coordinador de la acción, descarta que se deba a que en el resto de países no haya problemas de racismo. “En los países nórdicos y del Este, el frío hizo que todo estuviera tan vacío, que locales que habitualmente discriminan, hicieron una excepción”, explica.

Para quienes participan en Bilbao, todo ha sido demasiado agotador. Son las tres y media de la mañana y, a pesar de saber de otros locales en la zona que discriminan sistemáticamente, deciden terminar la noche en algún establecimiento menos hostil. Encuentran el Kafe Antzokia, un antiguo teatro reconvertido en discoteca donde no encuentran problemas para entrar todos juntos. Aún así, no hay quien borre la huella de lo ocurrido y algunos prefieren salir a la calle a tomar un poco de aire fresco.
Los bares racistas, con nombres y apellidos

El equipo de SOS Racismo en Bilbao se ha unido a una iniciativa europea que ha realizado comprobaciones en bares y discotecas de 20 ciudades de diferentes países.

Del total de 9 bares de copas visitados:

* En 8 de ellos se ha demostrado discriminación contra los marroquíes: Every, Big Ben, Weekender, El tres, El bongo loco, El divino cielo, Galeón y Otxoa.

* En 3 de ellos se ha demostrado discriminación contra los negros: Every, Big Ben, Otxoa.

* En 1 de ellos se ha demostrado discriminación contra los latinos: Every.

* En ninguno de ellos se ha puesto ningún impedimento para que entrasen los blancos.

* En 7 de los bares, la discriminación suponía no dejarles entrar; en el octavo, que los marroquíes tenían que pagar entrada y el resto no.

* Sólo en 1 de los bares no se ha encontrado discriminación racista (Charol; aunque los hombres pagan entrada y las mujeres no).

Fiesta de blancos

07.03.2011 · periodismohumano

por José A. Pérez, guionista y autor de mimesacojea.com

El viernes ejercí de espía. Pasé varias horas pateando las calles, fumando y fingiendo hablar por teléfono con cara de pasaba por aquí. En realidad estaba rondando, junto a otros sabuesos amateurs, las puertas de varios garitos de Bilbao. Era parte de una acción de SOS Racismo que se desarrollaba simultáneamente en varias ciudades europeas. El objetivo: que periodistas y blogueros presenciáramos los atropellos racistas y xenófobos que tienen lugar en las puertas del ocio nocturno. Y los presenciamos. Vaya si los presenciamos.

La estrategia, igual en todas las ciudades, era como sigue. Dos chicos árabes, convocados de SOS Racismo, intentaban entrar en un local. Luego, dos negros. Luego, dos latinos. Por último, dos blancos. Mi labor como espía consistía en presenciar lo que allí sucediera para documentarlo y para ejercer, en su caso, como testigo. De los nueve bares que pusimos a prueba, los latinos consiguieron entrar en ocho. Los negros, en tres. Los árabes, solo en uno. Los blancos, por supuesto, pudieron entrar en todos sin el menor problema.

Resultó que cada portero tiene su librillo a la hora de mantener la pureza racial del local que custodia. En ocasiones es una fiesta privada, de ésas que permiten el acceso a cualquier blanco pero a ningún negro ni, mucho menos, a un árabe. Otras veces la realidad es mucho más explícita y un ni negros ni árabes resuelve cualquier posible malentendido.

Descubrimos locales donde solo negros y árabes pagan entrada. Son órdenes del jefe, se excusaba un portero. Si dejo pasar a uno, luego entra otro, y luego otro, se me llena el bar de árabes y los de aquí no entran. Tengo dinero, dijo nuestro gancho marroquí. Me da igual. Y márchate, que no quiero jaleo. El portero de uno de los bares era árabe, y en árabe se dirigió a nuestros ganchos para decirles: llevo una semana contratado. Si os dejo pasar, me voy a la calle.

Nuestros ganchos estaban repletos de historias que recordaban con risa triste en el camino de un bar a otro. Los brazos que aferran sus bolsos cuando se sientan en una terraza. Las dependientas de Zara y de Blanco pegadas a sus talones. La soledad del asiento de metro y autobús. La sospecha permanente. La mirada desconfiada. El moro y el mono y el extranjero.

Historias que cruzan España entera, de sur a norte, hasta detenerse en Bilbao donde, me dijeron, la vida es un poco menos hostil que en la meseta. ¿Es racista España?, pregunto a un marroquí que fuma a mi lado descansando entre una humillación y la siguiente. Aquí, me dice, hay gente mala y gente buena, igual que en Marruecos. Y aquí, igual que en Marruecos, hay más gente buena que mala. Pagan justos por pecadores, le digo, pero no me entiende.

Dentro hay una fiesta de la universidad, miente un portero, ¿tú sabes lo que es la universidad? Las hojas de reclamaciones, por favor. Uf, vete tú a saber dónde están, vosotros esperad aquí, ni se os ocurra entrar, ¿eh?

Voy a poner que me habéis llamado hijo de puta, dice el dueño de un bar a dos chicos árabes enarbolando las hojas de reclamaciones. Y los espías nos desvelamos, y el dueño se pone nervioso y no me toquéis los cojones. ¿A quién hay que hostiar?, balbucea un mulo borracho que no trabaja en el bar pero está dispuesto a pegar por él. Y mira a los árabes, y murmura algo, y el dueño le grita métete en el bar y no me jodas, que me buscas más problemas.

La noche es agotadora, sobre todo para nuestros ganchos, que desdramatizan de pura rutina. Ya estamos acostumbrados, se encogen de hombros, es lo de siempre. La tensión es tal que, sobre la marcha, decidimos que nueve bares son suficientes. Lo que se quería demostrar ya está demostrado. Hay racismo y xenofobia en la noche bilbaína, implícita y explícita, frontal y por la espalda. Así que decidimos celebrar el desastre tomando algo todos juntos, árabes, negros y blancos. Y lo conseguimos, previo pago de cinco euros por cabeza.

Deben de ser las cuatro de la mañana cuando el marroquí de la mirada triste se me acerca, copa en mano, y me dice: “Unos pocos malos y ya todos malos. Corazón se rompe.” Justos por pecadores, le digo. Y esta vez, creo, me entiende.

Jose A. Pérez