19 gener 2012

El nazi Pedro Varela, sancionat per difondre propaganda nazi a la presó

El llibreter nazi propietari de la LLibreria Europa, Pedro Varela, ha sigut sancionat per les autoritats de la presó de Can Brians, per difondre sense permís llibres d’ideologia nazi entre els interns. Varela està condemnat per difondre idees genocides a través de la seua llibreria, que continua oberta al barri de Gràcia de Barcelona, i que ha acollit durant molts anys conferències d’autors nazis i d’individus relacionats amb el KuKluxKlan com David Duke i altres grups d’odi. Convertit en un símbol per l’extrema dreta, que es victimitza amb el seu empresonament, Varela fou membre de l’organització nazi CEDADE, i com es pot veure en aquest vídeo, va realitzar homenatges a Hitler, fou empresonat tres mesos a Àustria per enaltir el nazisme, i fou un dels màxims distribuïdors d’obres pro-nazis a tot el món. Ara, a més, ha sigut denunciat per l’estat alemany de Baviera per vendre el Mein Kampf sense permís, ja que aquest Land és propietari dels drets fins 2015. REPORTAJE: LA DOCTRINA DEL ODIO

El nazi Varela siembra cruces gamadas en prisión

El librero hitleriano rechaza asistir a cursos sobre antirracismo y difunde entre los reos obras revisionistas que lee a todas horas

JESÚS GARCÍA 15/01/2012

A Pedro Varela Geiss se le acumulan los papeles en la celda. El librero, que cumple condena en la cárcel barcelonesa de Brians por difundir ideas genocidas, tiene más de mil cartas por responder de sus admiradores -que los tiene- y sigue recibiendo libros de temática nacionalista, los mismos que vendía en la librería Europa y que le valieron la condena. Varela es un nazi convencido hasta la médula, que considera el Holocausto un “mito” y que ha contribuido notablemente a expandir la llamada doctrina del odio. Sus formas, sin embargo, son exquisitas, propias de un caballero. Pese a guardar un busto en bronce de Adolf Hitler como la joya de la corona de su librería, dice detestar la violencia y a los skinheads, ignorantes de la “verdadera” historia del Tercer Reich.

Su influencia como alentador ideológico del nazismo en Europa está fuera de toda duda; su trayectoria de fervoroso nacionalsocialista es larguísima. A partir de los 15 años entró a formar parte del Círculo Español de Amigos de Europa (Cedade), creado en Barcelona y uno de los grupos nazis mejor organizados del continente. Varela se convirtió en un referente del revisionismo e hizo de la negación de la Shoah la razón de ser de Cedade, entidad que presidió desde 1978. Su encarcelamiento, hace 13 meses, le ha permitido presentarse ante los suyos poco menos que como un mártir y un represaliado político, que malvive en una celda solo por vender unos cuantos libros que cuentan una realidad que el establishment y los judíos pretenden hurtar al ciudadano. Su rol victimista le llevó a compararse, durante el juicio en el que fue condenado a un año y medio de cárcel, con personajes como Jesucristo, Juana de Arco o Indira Gandhi.

Varela pasa sus días respondiendo cartas y leyendo libros que se hace llevar a su celda porque, aunque le gustaría practicar deporte, “los funcionarios no le dejan ir al gimnasio”, denuncia su abogado. Su voracidad con la palabra escrita y la falta de espacio le hicieron concebir una idea: ¿Y si se pudieran compartir las obras de temática neonazi con el resto de presos? En octubre del año pasado, el librero depositó en la biblioteca, sin autorización de los responsables del centro, seis títulos -Manual del jefe de la guardia de hierro, Pruebas contra el holocausto, El pensamiento wagneriano, El franquismo, La historia de los vencidos y El obispo Williamson y el otro negacionismo- para “hacer publicidad entre los internos”, según el informe redactado por los responsables de Brians que acordaron su sanción.

Esa sanción “grave” impuesta a Varela por proselitismo se suma a otras conductas que le han impedido disfrutar del tercer grado. Con toda probabilidad, el librero cumplirá hasta el último día en la cárcel -su condena expira a finales de marzo- porque no se ha rehabilitado ni ha querido hacerlo. En la librería Europa, registrada por los Mossos d’Esquadra en 2006, Varela vendía decenas de títulos que ensalzan el nazismo, niegan el Holocausto y menosprecian a otras etnias. A tal condena, tal tratamiento. Los responsables de Prisiones pensaron que sería buena idea que participase en cursos y charlas con la comunidad judía y organizaciones antirracistas. Varela, firme en sus convicciones, les mandó a paseo (educadamente, eso siempre) porque consideraba aquello poco menos que un lavado de cerebro.

El librero, nacido el 9 de octubre de 1957 en una familia afín al franquismo, sí se prestó a participar en otros trabajos sociales: ayudó a la Cruz Roja y a las Hermanitas de la Caridad de la Barceloneta. Las monjas quedaron encantadas con el personaje, cuyo poder de seducción y modales exquisitos le reconocen hasta sus detractores más tenaces. Tanto, que la madre superiora acudió poco después a la cárcel a interesarse por el librero, que se define como católico practicante. “Hay mucha gente que se siente atraída por su cortesía, su vasta cultura y su savoir faire. Tiene un gran poder de convicción, aunque nunca le he visto usarlo: no le gusta comer el coco a la gente”, replica Acacio Luis Friera, amigo íntimo del librero y creador de la web que pide su puesta en libertad.

Su apellido materno, Geiss, de origen germánico, sugiere un nexo familiar que podría haber despertado en el joven Varela una simpatía hacia la historia alemana. Pero no hay rastro de ese pasado y, en realidad, es el único miembro de la familia que ha abrazado los postulados del nazismo a través de la política y de los libros, con el impulso de la editorial Ojeda y la creación de la librería Europa (en 1991), por donde han desfilado personajes como Manfred Roeder -líder ultraderechista condenado en Alemania por participar en atentados xenófobos-, David Irving -historiador negacionista- o David Duke, exlíder del Ku Klux Klan. Su primer impulso adolescente, sin embargo, fue ser piloto de caza: desde pequeño se sintió fascinado por la segunda contienda mundial y los combates en cielo europeo de la Luftwaffe.

Sus amigos dicen que, en prisión, Varela mantiene el carácter. Y también, la misma obsesión por la lectura y el conocimiento. El librero tiene dos carreras (Historia y filología alemana) y habla alemán, inglés, italiano y danés. El régimen penitenciario le está dando algunos problemas: acostumbrado a una dieta de “vegetariano radical”, Varela sufre “déficit de vitaminas”, razón por la cual, según su abogado, se le está cayendo el cabello y se le han roto las uñas. En Brians también se ha negado a recibir vacunas porque prefiere la medicina natural.

Dice Friera que Varela detesta la violencia y que por eso no le gustan los skinheads. En ocasiones ha tratado de “orientar” a los cabezas rapadas asiduos de la librería Europa, que pese a las investigaciones judiciales permanece abierta al público en el barrio de Gràcia.

Varela, que está casado y es padre de una hija de tres años que vive fuera de España, es recalcitrante y reincidente. En 2008, la Audiencia de Barcelona le rebajó a siete meses una condena después de que el Tribunal Constitucional dictaminara que la sola negación del genocidio judío no es delito. Y mientras está en la cárcel, un juzgado de Barcelona le investiga por un presunto delito contra la propiedad intelectual: el librero editó y vendió ejemplares del Mein Kampf de Hitler sin permiso del Estado Libre de Baviera, que es propietario de los derechos de autor.

Su amigo Friera insiste: “Él cree firmemente en todo lo que dice. Y lo que sí tengo claro es una cosa: que nadie le va a hacer cambiar de idea nunca”. -

REPORTAJE

Hitler contra el librero neonazi

El estado alemán de Baviera, propietario de los derechos de ‘Mi lucha’, lleva a juicio al dueño de la librería Europa por publicar la obra sin consentimiento

JESÚS GARCÍA – Barcelona – 21/12/2011

Adolf Hitler ha metido en un lío judicial a un neonazi español. Pedro Varela Geiss, el librero barcelonés encarcelado por difundir ideas genocidas, se sentará de nuevo en el banquillo de los acusados. Pero esta vez no lo hará por vender libros que menosprecian a negros y homosexuales; tampoco por decir que el Holocausto fue un “mito” de “seis millones de pastillas de jabón”. Varela, que en su discurso victimista ha llegado a compararse con Jesucristo y Juana de Arco, está imputado por algo más prosaico: vulnerar la propiedad intelectual por editar y distribuir el Mein Kampf, la biblia del nacionalsocialismo.

Varela confeccionó su propia edición de Mi lucha y vendió un número desconocido de ejemplares a lo largo de los años en la librería Europa, que el año pasado fue asaltada y destrozada por una veintena de jóvenes “antifascistas” y que permanece abierta al público. Pero la actividad del librero topó con el Estado Libre de Baviera, el land alemán que posee los derechos de autor de la obra hasta 2015, cuando se cumplirán 70 años del suicidio del führer en un búnker de Berlín.

“Hitler fue residente de Múnich hasta su muerte, y por esa razón Baviera se convirtió en la dueña del copyright de su obra”, explica, desde la capital bávara, la doctora Edith Raim, del Instituto de Historia Contemporánea. El abogado del librero, Fernando Oriente, añade: “Las fuerzas de ocupación confiscaron las propiedades de Hitler” y las entregaron a la recién creada República Federal de Alemania. “Los herederos legales de Hitler reclamaron esos derechos de autor, pero su demanda ni siquiera fue admitida a trámite”, matiza.

En febrero de 2009, el consulado alemán en Barcelona -situado a escasos 350 metros de la librería Europa- decidió poner fin a los negocios de Varela a costa del Mein Kampf e interpuso una querella contra él por un presunto delito contra la propiedad intelectual. La juez archivó inicialmente el caso, pero el fiscal de delitos de odio y discriminación de Barcelona, Miguel Ángel Aguilar, recurrió el archivo. La Audiencia de Barcelona le dio la razón y ordenó seguir con la investigación, que está prácticamente concluida.

El fiscal Aguilar quiere saber ahora cuánto dinero se embolsó Varela por las ventas de Mi lucha, una de las obras requisadas por los Mossos d’Esquadra en 2006, cuando irrumpieron en la librería y arrestaron a Varela. Aunque el estado de Baviera no reclama una cantidad en concreto por los perjuicios -no se ha personado en la causa, pese a que denunció la situación- el librero puede acabar desembolsando una importante cantidad de dinero si es condenado, según fuentes judiciales. “Es una cifra importante, sí”, admite su abogado, sin más detalles.

Tras aclarar el beneficio, la fiscalía solicitará pena para Varela. El Código Penal castiga con hasta dos años de cárcel el delito contra la propiedad intelectual, cuatro si “el beneficio obtenido posee especial trascendencia económica”. Pero Oriente pone en duda la legitimidad de Baviera para reclamar derechos de autor. “Hay sentencias contradictorias en Italia y Suecia, es un asunto complejo”, razona. El abogado lamenta que se reclame a Varela, pero no “a otras librerías generalistas que venden el libro sin ningún problema”. “Supongo que es por ser quien es”, añade. En Alemania, aclara Raim, “está prohibida la publicación del Mein Kampf, pero no su posesión”.

La obra de Hitler es uno de los títulos que un juez ordenó destruir tras la condena a Varela a 15 meses de cárcel. El librero no ha eludido la prisión por reincidente -había sido condenado antes por un delito similar- y está previsto que quede en libertad el próximo marzo. Él se siente víctima de una persecución y sus seguidores piden dinero para ayudarle porque “toda verdad necesita de alguien que la proclame”. E insiste en presentarse como un simple librero -”¿A quién pregunto yo qué libros puedo vender, dónde está el inquisidor?”, lamentó en el juicio- por más que escondiese, en el almacén de su tienda, un busto de Hitler esculpido en los años del nazismo.

El último nazi español

Interviú, 22/05/2006

El pasado, el presente y quizá también el futuro de Pedro Varela Geiss está escrito sobre las aceras de la calle Séneca de Barcelona, en el barrio de Gràcia. Hace 32 años, un chaval introvertido simpatizante del bando franquista y admirador de los aviadores alemanes buscaba un ideal. Estudiaba en aquel callejón, en una academia a pocos metros de la sede del por entonces desconocido Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE), asociación neonazi creada en 1965.

Aquel día de 1974, después de leer en el periódico una carta del hijo de Rudolf Hess pidiendo la liberación de su padre –jerarca nazi que pilotó en 1941 un avión sobre Inglaterra para pactar la paz con Churchill y que murió en la cárcel de Spandau en 1987–, el joven Varela se decidió a llamar a las puertas de un nuevo nazismo. Ya estaba inscrito en la academia de San Javier (Murcia) para convertirse en piloto de combate cuando tomó la decisión de su vida: sería nacional-socialista, se dedicaría a reivindicar la figura del dictador Adolf Hitler y serviría de altavoz de los que niegan que el nazismo matase a seis millones de judíos.

Y en ésas sigue. El pasado 10 de abril de 2006, los Mossos d’Esquadra entraban en la librería Europa, ubicada en la misma calle, y lo detenían –no es la primera vez– por apología del genocidio. En su particular búnker de la calle Séneca, Pedro Varela, catalán de 48 años, se mantiene activo desde finales de los 70, cuando fue nombrado, con sólo 17 años, presidente de CEDADE, uno de los más influyentes grupos neonazis de todo el mundo hasta su desaparición a comienzos de los 90. Historiador, vegetariano, casto, aficionado al piragüismo y a los bailes regionales noreuropeos, amante de la alta montaña, de Wagner y un loco de la bicicleta –con la que aún hoy se mueve por la Ciudad Condal–, Varela ha secundado a lo largo de los años, obsesivamente y sin desviarse un ápice, los mandamientos de las juventudes hitlerianas.

Varela se quiso asegurar un núcleo de gente joven en torno a la presidencia de CEDADE, no quiso aventuras políticas y rompió con la ultraderecha clásica. “El verdadero peligro de CEDADE era intelectual porque en realidad afiliados éramos pocos. Por un lado era muy atractivo para los jóvenes porque se mantenían intactos la camaradería y el amor a la montaña, a la belleza, al deporte… y además Pedro ya tenía en aquella época contacto con los más importantes revisionistas [reducido grupo de pensadores que cuestionan lo sucedido durante el régimen nazi, muchos de ellos condenados por negar el holocausto] y era una máquina de difundir ideas”, explica a esta revista un antiguo mando de la organización neonazi. De hecho, el Parlamento Europeo elaboró en 1991 el llamado Informe Ford sobre el racismo, en el que situaba a la CEDADE de Pedro Varela entre los grupos más activos y dinámicos del mundillo nazi.

Para Varela, lo que daba prestigio a CEDADE era su capacidad para ser un centro de difusión ideológica, así que su revista de cabecera, Cedade, llegó a tirar 12.000 ejemplares mensuales; en 1980 –según relata el historiador catalán Xavier Casals en su libro Neonazis en España– recibió nuevos fondos de Arabia Saudí como pago por la edición de obras antisemitas y antisionistas en árabe y castellano, y a finales de esta década volvió a probar suerte: arropado por su gente de Madrid, organizó la conmemoración del centenario del nacimiento de Hitler. El revisionista alemán Ernst Zündel –preso en Canadá– diseñó un cartel que se distribuyó por miles entre España, Alemania, Austria y Suiza, y al Palacio de Congresos de Madrid acudieron los más conocidos negacionistas internacionales del holocausto, algunos tenían prohibida la entrada en muchos países. En medios policiales se conocía a CEDADE como la imprenta neonazi de Europa, que incluso extendió su actividad a Suramérica.

Varela logró convertir durante años España en la residencia más tranquila para ese grupo de revisionistas perseguidos fuera. El austriaco Honsik, el danés Cristhophersen, el alemán Remer, ex dirigente de las SS, y Léon Degrelle, el nazi belga que eligió Málaga como refugio, fueron invitados de excepción de Varela.

Otra de las actitudes que lo enfrentaron a la ultraderecha tradicional fue su catalanismo racial como parte de un discurso a favor de la Europa de las etnias, mapa esbozado por las temidas SS hitlerianas. De hecho, al fondo de su librería se levanta una bandera catalana que lleva allí desde hace 30 años, “cuando nadie se atrevía a enseñarla por miedo a Franco”, comenta un antiguo militante. Para entonces, empezó a pagar sus cuentas con la Justicia. Pasó por la Audiencia Nacional por asegurar públicamente que el Rey era masón; en 1992 fue detenido y juzgado en Austria –y finalmente absuelto– por propagar el nacional-socialismo; seis años después fue condenado a cinco de prisión en España por apología del genocidio e incitación al odio racial. Tampoco ha ido a prisión por dudas no resueltas sobre la constitucionalidad de uno de los artículos que le aplicaron. Varela no se rinde. A pesar de las condenas, de la incautación de los libros que edita y de los ataques que de vez en cuando sufre su librería, está convencido febrilmente de su misión: desenmascarar al lobby judío como el gran conspirador mundial que se está haciendo con el poder planetario. Para evitar más problemas, siempre se ha alejado del neonazismo más violento y callejero. Sus más cercanos todavía recuerdan una frase: “Los ‘skins’ son un problema del capitalismo que también se lo achacan a Hitler cuando Hitler seguramente los habría metido en un correccional”. Cuando a mediados de los 90 el declive de la extrema derecha, y más aún del neonazismo, era evidente, Varela dejó la presidencia, dejó que se extinguiera CEDADE y se recluyó en la calle Séneca ya sólo como organizador de conferencias y editor de libros. En el 98 la policía se llevó por orden judicial más de 20.000 y hace pocas semanas otros 6.000, desde Mi lucha, de Adolf Hitler, a Los protocolos de Sión.

Se convirtió así, con la mayoría de sus antiguos compañeros reciclados, en el último nazi español. “Se puede decir que es el último nazi europeo, ha renunciado a todo por una idea. Es austero, desprecia el dinero, vive en la casa familiar, ha optado por la castidad, es cristiano y ha clavado una bandera en una trinchera donde pone: «Me quedo aquí, es mi decisión, venid a por mí». Él es así”, explica un antiguo dirigente.

Allí, en la calle Séneca, Pedro Varela se siente víctima del sistema. “Aquí estoy. Si la gente no tuviese interés por saber qué pasó en el Tercer Reich yo ya habría cerrado. Donde hay demanda, hay mercado y donde hay mercado hay producción. ¿Qué van a hacer conmigo?: ¿enviarme a Marte?, ¿meterme en un psiquiátrico? Después de toda una vida, no puedo decir: «Vale, me creo lo del holocausto»”, explica a interviú.