19 gener 2012

El preocupant avanç de l’extrema dreta a Europa de l’Est

El parlament d’Estònia aprovarà al març, per àmplia majoria, concedir el títol de “lluitadors de la llibertat” als membres de la “Legió SS” estoniana que va combatre al costat de Hitler contra els soviètics en la segona guerra mundial. Els veterans estonians de la SS, uns 12.000 homes el 1944, glorifiquen des de fa anys la seua participació en la guerra en actes oficials concorreguts per veterans de les SS i joves neonazis d’altres països, però la de març serà la primera llei en matèria de “lluitadors per la llibertat “. Una cosa semblant passa a Ucraïna Occidental, on es glorifica des de fa anys als combatents de la divisió “Galizia” de les SS. A Budapest, cada 11 de febrer es reuneixen ultradretans d’Alemanya, Eslovàquia, Bulgària i Sèrbia per commemorar l’anomenat “Dia de l’honor”. La jornada recorda la fi de la batalla per Budapest entre nazis alemanys i hongaresos contra els soviètics. “Occident es va defensar de les hordes vermelles de les estepes d’Àsia amb un immens tribut de sang i heroisme”, assenyala la convocatòria de grups neonazis alemanys per acudir aquest any a l’acte de Budapest. “En molts països de l’antic bloc oriental s’està obrint pas una unilateral versió de la història a la mida de la ultradreta”, constata el periodista romanès-alemany William Totok.

Europa del Este, ¿regreso a los años 30?

Estonia rehabilita a sus nazis, Lituania convierte en tabú el holocausto judío y en Budapest se sueña con la gran Hungría

La Vanguardia – Internacional | 16/01/2012

El parlamento de Estonia aprobará en marzo, por amplia mayoría, conceder el título de “luchadores de la libertad” a los miembros de la “Legión SS” estonia que combatió al lado de Hitler contra los soviéticos en la segunda guerra mundial.

Los veteranos estonianos de la SS, unos 12.000 hombres en 1944, glorifican desde hace años su participación en la guerra en actos oficiales concurridos por veteranos de las SS y jóvenes neonazis de otros países, pero la de marzo será la primera ley en materia de “luchadores por la libertad”.

Algo parecido ocurre en Ucrania Occidental, donde se glorifica desde hace años a los combatientes de la división “Galizia” de las SS.

En Budapest, cada 11 de febrero se reúnen ultraderechistas de Alemania, Eslovaquia, Bulgaria y Serbia para conmemorar el llamado “Día del honor”. La jornada recuerda el fin de la batalla por Budapest en la que un ejército de 100.000 soldados, alemanes y húngaros, rodeados por los soviéticos mantuvieron la posición durante 52 días, en 1945.

“Occidente se defendió de las hordas rojas de las estepas de Asia con un inmenso tributo de sangre y heroísmo”, señala la convocatoria de grupos neonazis alemanes para acudir este año al acto de Budapest.

El cerco de Budapest tuvo entre sus consecuencias la aniquilación de gran parte de los últimos judíos que aun quedaban en la ciudad, a manos de los fascistas húngaros.

“En muchos países del antiguo bloque oriental se está abriendo paso una unilateral versión de la historia a la medida de la ultraderecha”, constata el periodista rumano-alemán William Totok.

El fenómeno supera lo meramente histórico para manifestarse en una creciente hegemonía política derechista que parece estar calcando el mapa de los años treinta, cuando la región estuvo dominada por regímenes ultraderechistas.

Regreso a un mapa conocido

Los países bálticos, Rumanía, Bulgaria, Hungría, la Ucrania occidental y la católica y conservadora Polonia, vuelven a destacar en papeles en los que ya se les vio en vísperas de la segunda guerra mundial.

En la segunda guerra mundial seis países europeos fueron aliados militares de Hitler: Finlandia, Hungría, Rumanía, Italia, Eslovaquía y Croacia. Sólo Finlandia, que no se identificó con la ideología racista que animaba la guerra, mantuvo un sistema democrático dentro de aquel bloque y contó hasta el final con soldados y oficiales judíos en su ejército.

Otro grupo de países oficialmente “neutrales” u ocupados como, España, Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Noruega, enviaron voluntarios a luchar con Hitler.

En los países bálticos, en el Cáucaso del norte, en Polonia, Ucrania y Bielorrusia, así como en la misma Rusia, los agravios históricos del dominio imperial ruso, de la represión y deportación estalinistas, de la colectivización agraria y la cuestión nacional, o los ecos de la propia guerra civil rusa, se tradujeron en luchas activas contra la URSS de Stalin, que Hitler instrumentalizó en su favor de diversas maneras.

Nuevo “macartismo” europeo

La llamada “Declaración de Praga” de junio de 2008, iniciada por Vaclav Havel y otros disidentes anticomunistas del antiguo bloque del Este, y parcialmente bendecida por la Unión Europea, dio alas a no pocas tendencias internas en esos países al equiparar nazismo y comunismo. Con el paquete del anticomunismo regresa el antisemitismo y el maltrato al gitano.

En Lituania, por ejemplo, desapareció de la visión, la aniquilación del 95% de los 220.000 judíos locales, entre 1941 y 1944. Los alemanes daban las órdenes, pero la mayoría de los ejecutores del exterminio fueron voluntarios lituanos. La memoria de ese colaboracionismo criminal no existe.

Los lituanos, que sufrieron mucho a manos de los soviéticos, se han escudado en los 30.000 de ellos que fueron deportados a Siberia en 1941, y en las decenas de miles que volvieron a serlo o fueron ejecutados al concluir la guerra, para construir una conciencia nacional limpia y sin tacha, pese a que tiene 195.000 cadáveres judíos en el armario.

En el Museo Nacional de Vilnius la narración salta desde el periodo 1939-1941 hasta 1944, sin detenerse en los años claves del holocausto y el colaboracionismo. Desde junio de 2010 el código penal lituano criminaliza la puesta en cuestión del “doble genocidio”.

En 2008 se estableció la prohibición de símbolos nazis y comunistas, pero un tribunal de Klaipeda sentenció en 2010 que la esvástica pertenece al “patrimonio cultural lituano”.

Por la misma equiparación, en Rumanía una organización no puede denominarse “comunista” sin exponerse a ser considerada, “amenaza para la seguridad nacional”.

El gobierno rumano prepara una ley que prohíbe actos públicos que “propaguen ideas totalitarias, es decir fascistas, comunistas, racistas o chovinistas”.

En Chequia el Partido Comunista está amenazado de ilegalización por la misma idea. La situación en Polonia quedó ilustrada el pasado diciembre cuando el periodista polaco Kamil Majchrzak, redactor de Le Monde Diplomatique, una publicación de izquierdas, pidió, durante una conferencia pronunciada en Berlín, que no le hicieran fotos por estar amenazado por la extrema derecha en su país.

En Hungría, los miembros del ex partido comunista, muchos de ellos ahora en el partido socialista, podrán ser perseguidos judicialmente por “delitos comunistas” cometidos antes de 1989, de acuerdo a las nuevas normas introducidas por el gobierno de Viktor Orban.

Revanchismo nacional

El nuevo derecho electoral contemplado por Budapest para los húngaros residentes en el extranjero, es decir en primer lugar para las abultadas minorías húngaras existentes en Eslovaquia, Serbia y Rumania, es una invitación al revisionismo de las fronteras, a cuestionar el Tratado del Trianon, que, después de la Primera Guerra Mundial, restó a Hungría casi la tercera parte de su territorio.

Tal revisionismo es impensable, o muy difícil, en el cuadro de la Unión Europea, y por esa razón hay que vigilar las tendencias anti Unión Europea que comienzan a aflorar al calor de la crisis.

En Hungría, la degradación socio-económica ha liberado el sueño de la “Gran Hungría”, explica el periodista y experto en cultura magiar, Bruno Ventavoli.

“Los valores de la democracia, del pluralismo, del diálogo o de la diversidad parecen superfluos, cuando en la vida cotidiana no hay dinero para hacer la compra o pagar facturas. Así nace la tentación de replegarse sobre si mismos, soñando con una Gran Hungría, aderezada con una sospecha de victimización por las heridas de la historia; desde las guerras contra los turcos a la invasión soviética, pasando por el tratado del Trianon”, dice Ventavoli.

Bruselas y Budapest

En Bruselas no pasó gran cosa mientras el primer ministro húngaro, Viktor Orban, se limitaba a restringir la democracia con medidas y proyectos que atentan contra la libertad de prensa o la división de poderes, o a purgar la administración y los medios de comunicación de voces críticas y afirmar una constitución que recuerda a la época del Almirante Horthy.

El Partido Popular Europeo, al que pertenecen los partidos del gobierno de Sarkozy y Merkel, no se inmutó por ello.

El problema empezó de verdad cuando Orban apuntó medidas como: modificar el sistema fiscal, nacionalizar los fondos privados de pensiones, dar al parlamento derecho de veto sobre la legislación europea y, sobre todo, someter a su banco central al control directo del gobierno.

Fue entonces cuando Bruselas clamó que “los valores europeos” están en peligro en Hungría y comenzó a urdir, en compañía del FMI, el propósito de desplazar a Orban del gobierno.

La banca austriaca está muy expuesta en la economía húngara, que está al borde de la quiebra. Aunque Hungría no esté en el euro, esa conexión austriaca es vista con prevención.

Fraguando el tercer golpe

Pero realizar un tercer golpe de estado tecnocrático en Europa, después del griego y el italiano, es complicado, señala el diario “Népszabadság”. “No es fácil destituir a un primer ministro desde el exterior cuando ha resultado electo y cuenta con dos tercios de los escaños del Parlamento, y aun lo es más si la oposición está fragilizada”, observa.

Orban llegó al poder en 2010 como reacción al desencanto con una coalición de gobierno anterior encabezada por los socialistas.

Aquel desencanto también consagró al partido fascista Jobbik como tercera fuerza del país. En 2008 los socialistas y sus socios iniciaron duras medidas de ajuste y de desmonte del sector público bajo el dictado del FMI que Orban ha continuado.

El primer ministro tiene una sólida mayoría apoyando su proyecto retrógrado-populista, frente al escenario europeo, que responde a lo que la canciller alemana, Angela Merkel, define como una “democracia acorde con el mercado”.

Los cien mil húngaros que salieron el 2 de enero a la calle en Budapest contra Orban, están aprisionados entre dos escenarios antidemocráticos, el nacional derechista de su gobierno y el europeo tecnocrático de Berlín y Bruselas, en muchas cosas redundantes, que disuelven ambos la democracia y la soberanía nacional.

“Además de querer conservar un régimen representativo y constitucional, las potencias occidentales y la Comisión Europea quieren que Hungría adopte una política económica que no sirve a los intereses del pueblo magiar”, dice el filósofo Gáspár Miklós Tamás.

“Decepcionado en muchas ocasiones, el pueblo húngaro podría no ver en la “causa democrática” de Bruselas más que un mero adorno puesto como colofón a unas medidas de austeridad cada vez más pesadas, impuestas por las potencias occcidentales preocupadas por la estabilidad financiera”, dice. Esa contradicción convierte en “muy frágil” la situación de la oposición húngara, concluye.

La extrema derecha puede liderar

“El gobierno debe repensar varias leyes, sobre todo las que conciernen a la independencia del Banco Central”, señala el Financial Times Deutschland, una declaración en la que lo más significativo es ese “sobre todo”.

Cuestionar la “independencia” bancaria, que no es más que servicio al sector privado y que en el caso del Banco Central Europeo condena a la eurozona a la miseria especulativa con los bonos de la deuda pública, es un peligroso precedente europeo de rebeldía y desafio a la nueva seudodemocracia europea “acorde con el mercado”.

La paradoja es que ese precedente de rebeldía lo está sentando un gobierno populista con tendencia de extrema derecha, no un gobierno de izquierda. El mensaje no puede ser más claro: En Europa la crisis está creando agujeros negros.

El caso húngaro advierte, de la forma más clara, que la extrema derecha, con su desprecio al débil, su racismo, su xenofobia y su propensión al militarismo, está dispuesta a rellenar ese agujero con programas y propuestas perfectamente capaces de conquistar la calle y el liderazgo.

Hungría gira hacia el autoritarismo

La ultraderecha acecha a la comunidad gitana mientras el Gobierno cambia las reglas de juego políticas en el Parlamento

Manifestación masiva contra la nueva Constitución de Hungría

La receta húngara: más nacionalismo contra la crisis

EL PAÍS: Silvia Blanco (Enviada especial) Budapest 31 DIC 2011 -

El Ayuntamiento de Gyöngyöspata es el único lugar del pueblo con cierto ajetreo por la mañana. Es un edificio pequeño y modesto, decorado como una sala de estar, en el centro de una calle de casas unifamiliares. Los vecinos entran y salen para hacer sus gestiones y el alcalde, Oszkár Júhász, de 36 años e ingeniero agrícola, tiene mucha prisa. Recibe con gafas de sol y quien parece su ayudante, un tipo corpulento con americana de cuadros, le recuerda con frecuencia que se tiene que ir. “Ha habido un cambio positivo: 73 gitanos, principalmente delincuentes, han abandonado Gyöngyöspata. Ahora deben estar haciendo feliz la vida de los canadienses”, indica para explicar que han emigrado. “Nos ha llegado que ya han tenido problemas, robaron y protestan porque dicen que la policía canadiense les ha maltratado. Pero son calumnias”, aventura.

Jobbik, el partido ultraderechista que gobierna este pueblo de 2.880 habitantes, es la única formación húngara que gana apoyo en los sondeos. A finales de noviembre estaba en el 22% (encuesta de Tárki), rebasando levemente a los socialistas (20%), la segunda fuerza del país. Ya en las elecciones de 2010 logró 46 diputados tras obtener el 16,7% de los votos.

El fenómeno coincide con una caída de la popularidad del partido del Gobierno, Fidesz, concentrado en una especie de efervescencia legislativa para remodelar el Estado que preocupa en Europa por su sesgo autoritario que imprime el primer ministro,Víktor Orbán; con la escisión de la izquierda y con una durísima crisis económica.

[El Parlamento aprobó el viernes una nueva ley sobre el Banco Central, fuertemente criticada por introducir la posibilidad de limitar la independencia del banco emisor y que puede obstaculizar las negociaciones de Budapest con el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea, informa Efe. La ley ha recibido ya duras críticas de la Comisión Europea y del Banco Central Europeo.

También enmendó la Constitución para definir al Partido Socialista como heredero del régimen comunista y anula la prescripción de los delitos bajo la dictadura.

Otra norma aprobada reconoce oficialmente a solo 14 iglesias, entre ellas diferentes cristianas y la judías, mientras que las demás tendrán que demostrar que cuentan con más de 1.000 miembros y que funcionan en el país desde hace al menos 20 años.]

“Una de las causas del ascenso de Jobbik es que ha logrado conectar con el descontento social, con quienes desconfían de los políticos y están decepcionados con la democracia en general. Esto ocurre en un momento en el que los socialistas están desacreditados y Fidesz, la derecha-populista, está perdiendo apoyo por los recortes y por su acción de Gobierno. Así que el único beneficiado de la falta de alternativas políticas es Jobbik, que ha sabido articular un discurso para ellos”, afirma Péter Krekó, investigador principal del instituto Political Capital de Budapest. El otro motivo es, según el experto, que se trata “del único partido que se ocupa de la cuestión gitana”. Explica que “los grandes grupos políticos húngaros prefieren eludir el tema de la integración. No está en su agenda porque es impopular y arriesgado hablar de cosas como la discriminación positiva de los gitanos”.

Colgada de la pared de la oficina del alcalde de Gyöngyöspata hay una bandera que se identifica con la Guardia Húngara, una organización de civiles uniformados ilegalizada en 2009 que se dedicaba a patrullar por los pueblos e intimidar a la población gitana. La fundó en 2007 Gábor Vona, el líder de Jobbik, que significa Movimiento para una Hungría mejor. En abril, el pueblo se convirtió en escenario de incidentes violentos. Miembros de grupos de ultraderecha (restos de la extinta Guardia Húngara, pero también otros nuevos, sobre todo uno llamado Védero, que significa Fuerza defensiva) acudieron a patrullar por el pueblo y amedrentaron a la población gitana, formada por unas 400 personas. Hubo cuatro heridos y durante varios días la prensa internacional siguió el caso. Ocho meses después, el alcalde afirma orgulloso que “es el pueblo con más seguridad pública del país”, aunque lamenta que queden “algunas familias de criminales”.

A un centenar de kilómetros, en Budapest, Márton Gyöngyösi, diputado de Jobbik y encargado de relaciones internacionales del grupo, recibe en traje en un despacho austero con vistas al Danubio. Educado y amable, economista de formación, desgrana en perfecto inglés las principales ideas de su partido. La retórica es más sofisticada que en Gyöngyöspata, pero el fondo es el mismo. A los prejuicios raciales más clásicos (la asociación de los gitanos a un tipo de delincuencia y la descripción de la comunidad como un foco de problemas, dependiente de la ayuda social y sin educación), se suma la constante distinción entre “nosotros, los húngaros” y “los gitanos”.

Gyöngyösi explica que una de sus ideas es “separar a los niños gitanos en internados, con todo lo cruel que eso pueda sonar” y matiza: “en realidad no lo es: yo he estado interno toda mi vida”. Argumenta que “se trata de sacar a los niños de lo que les rodea: te sacan de las influencias de tus padres, pero sobre todo de tu comunidad, que es… desesperanzadora en este momento”. También considera que “la comunidad gitana debe entender que un hijo es una gran oportunidad, una bendición, y que ese niño, desde el nacimiento, tiene derechos y conlleva obligaciones. Si un padre no cumple con sus responsabilidades, entonces no tiene derecho a tener ese hijo. Los húngaros dicen: ‘oh, un niño pobre ha nacido, vamos a darle dinero’, y los gitanos dicen ‘vamos a tenerlo, no es un mal negocio después de todo: consigo dinero pero no tengo ninguna responsabilidad de cuidarlo’. Una solución sería que después de tener una determinada cantidad de hijos, dos o tres, no sé, ya no se concedan más beneficios estatales”, para agregar que la tasa de natalidad de “los húngaros” es “catastrófica”.

A su ideario se suma el euroescepticismo —“Es la realidad: los dos grandes proyectos de Europa han fracasado, el euro y Schengen”—, las alusiones irónicas a la “democracia liberal” y el rechazo de la economía globalizada —“Es una vía muerta”—.

Jobbik concentra su poder en las “regiones del noreste —donde estaba la antigua industria pesada de la época comunista, hoy empobrecida— y el suroeste, ambas con una sustancial presencia de población gitana”, apunta István Toth, del centro de estudios sociológicos Tárki. Gábor Takács, analista de Nézopont Intézet, aporta otra clave: “El gran beneficiado de la ruptura socialista es Jobbik. Los votantes que tienen de entre las clases medias-bajas y bajas solían apoyar a los socialistas”. En este momento, el partido “vive la contradicción entre moderar su discurso para captar votantes menos extremistas y aprovechar el descontento ciudadano, o radicalizar ese discurso, ya que eso le da apoyos a inmediatos. Pero en su estrategia a largo plazo, para sobrevivir se plantea moderar su postura”, indica Krekó.

En Gyöngyöspata, rodeada por el paisaje invernal de retorcidos viñedos desnudos, la comunidad gitana vive en una zona próxima a un riachuelo, en la parte baja del pueblo. Cuando empiezan a aparecer las casas en las que viven, se esfuma la carretera y empieza un camino embarrado lleno de baches. Allí está Helene, de 45 años, que llena una garrafa de agua en una fuente. Hay agua corriente en las casas “pero ahora la han cortado”. “Tenemos miedo porque este pueblo es para tener miedo. Desde que vino la Guardia Húngara y está Jobbik se ha vuelto racista”, explica. Ella tiene ocho hijos y dice contar “con un subsidio familiar y otro social, pero no da para vivir”. En otra parte del pueblo, cerca de la calle principal, Krisztina, de 39 años, va con su niño de la mano. Asegura que, desde abril, “las cosas han mejorado porque hay menos gitanos. Mientras estaba la Guardia había más orden en el pueblo, no molestaban a nadie”. Cree que “sería mejor que volvieran”, pero tampoco se siente “insegura”.