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Thierry Baudet: Dandismo de extrema derecha

El fotogénico Thierry Baudet ensancha la base del populismo antislámico holandés
SEBASTIAAN FABER – CTXT 9 de mayo 2019

El primero de junio del año pasado, varios equipos de televisión se encontraban en el Binnenhof, el patio adoquinado del Parlamento holandés en La Haya, esperando la llegada de un camión de mudanza. Su carga, un negro piano de cola, había sido tema de discusión pública durante meses. Mientras los cargadores sacaban el precioso instrumento, cubierto de mantas, bajo la atenta mirada de su propietario—un joven parlamentario de 34 años—una cosa quedó clara: se abría un nuevo capítulo en la historia del populismo de derechas en los Países Bajos. El movimiento por salvar la cultura nacional holandesa tiene un nuevo líder; y le gusta interpretar a Brahms.

Solo tres meses antes, los neerlandeses habían elegido un nuevo Parlamento. Muchos suspiraron con alivio cuando, a pesar de los pronósticos, la agenda antinmigrante del PVV (Partido por la Libertad) liderado por el populista oxigenado Geert Wilders, no salió ganadora. Aun así, el PVV ganó más votos que nunca, casi un millón y medio, dándole 20 de los 150 escaños en la Segunda Cámara. Así, el partido de Wilders acabó por detrás del partido liberal (VVD) del primer ministro Mark Rutte, pero muy por delante del partido obrero (PvdA), que llevaba varios años gobernando en coalición con el VVD y sufrió una histórica debacle electoral.

Mientras los socialdemócratas se resignaban a una temporada en la oposición, todos los demás partidos principales se pusieron de acuerdo en que era necesario impedir a toda costa que Wilders entrara en una coalición de gobierno. Su oposición radical al Islam –pretende cerrar todas las mezquitas y prohibir el Corán– le colocaba fuera del sentido común político. Y su actitud obstruccionista no casaba con la cultura política de Holanda, basada en el consenso, las coaliciones y los compromisos. Es más, en vista de su conducta, algunos comentaristas dudaban que Wilders aspirara a gobernar de verdad. Poco después de las elecciones, se empezó a difundir la desilusión entre los contrariados votantes del PVV.

El hombre que más provecho pudo sacar de la deflación de Wilders era Thierry Baudet, el mismo joven parlamentario que, el pasado junio, se excusó de un debate parlamentario para poder supervisar en persona la llegada de su piano de cola. Poco después de las elecciones, había pedido permiso oficial para transportar el instrumento desde su piso en Ámsterdam a su nuevo despacho parlamentario en La Haya, en cumplimiento de una caprichosa promesa electoral. El piano –afirmaba– era parte indispensable de su “aparato” y le permitiría algunos momentos de distensión musical entre las pesadas sesiones de los diputados. Al cabo de tres meses, recibió el permiso oficial para el traslado.

Thierry Henri Philippe Baudet, que cumplió 35 años en enero, es un intelectual que afirma odiar la política, el arte moderno y la cultura popular. También es la nueva estrella de la derecha radical holandesa. Su imagen extravagante y su ascenso meteórico recuerdan los de Pim Fortuyn, el pionero populista gay que despotricaba contra los musulmanes, afirmaba que Holanda estaba “llena” y fue abatido por un activista ecologista en mayo de 2002, en el primer asesinato político en Países Bajos desde el siglo XVII. Dos años después, un holandés de ascendencia marroquí, musulmán radicalizado, mató al cineasta progresista –y provocador profesional– Theo van Gogh a plena luz del día en una concurrida calle de Ámsterdam. Estos dos asesinatos acabaron por cambiar la faz de la política holandesa. Desde entonces, los desacuerdos sobre la identidad nacional y la supuesta falta de integración de los inmigrantes han dominado el debate público, dividiendo el país en campos radicalmente opuestos. Discursivamente, las fronteras de lo aceptable se han desplazado hacia la derecha. Hoy los políticos en los Países Bajos gastan temas y tonos que habrían sido impensables hace veinte años.

Baudet está empeñado en darle otro empujón a la cosa. Preside el Foro por la Democracia (FvD), que fundó como think tank en 2015 y transformó en partido político solo seis meses antes de las elecciones de marzo de 2017. Sus resultados sorprendieron: ganó el 1,8% de los votos, que se tradujeron en dos escaños (el sistema electoral holandés es rigurosamente representativo, lo que facilita la entrada al parlamento de partidos pequeños y hace prácticamente imposible que un solo partido gane una mayoría absoluta). Hacia junio, cuando llegaba el piano de Baudet a La Haya, las encuestas le pronosticaban cinco escaños a su formación. Hoy, el partido de Baudet se ufana de tener más de 20.000 miembros y un movimiento juvenil en auge. Según algunas encuestas, Baudet podría ganar hasta 15 escaños, y todavía le queda un margen de crecimiento. “Creo que podemos alcanzar una treintena de escaños”, afirmó Baudet en una entrevista televisiva en diciembre. Según un analista electoral, un crecimiento de esas dimensiones no es improbable. Así, Baudet puede acabar siendo candidato a la presidencia del gobierno, una posición que dice no anhelar pero que está dispuesto a asumir. Al fin y al cabo –dice– alguien tiene que intervenir para salvar Holanda –y la civilización occidental– del apocalipsis que les espera.

Y es que Baudet está convencido de que su país está al borde del desastre. Cree que las élites políticas e intelectuales acarician un odio patológico a su propia cultura nacional. Empapados durante décadas por el marxismo cultural, la culpabilidad postcolonial, una cultura victimista y la corrección política, han contraído una oikofobia un neologismo con el que Baudet se refiere al rechazo de lo propio– que ha debilitado los mecanismos de defensa del país, dejándolo expuesto a una invasión de valores no occidentales. Quienes encarnan esta amenaza más directamente son los inmigrantes y refugiados musulmanes.

“Occidente sufre de una enfermedad autoinmune”, afirmaba Baudet en un discurso ante el congreso de su partido en enero de 2017. “Parte de nuestro organismo –una parte importante, nuestro sistema de inmunidad, precisamente lo que debería protegernos– se nos ha vuelto en contra. Estamos siendo debilitados, minados, entregados en todos los sentidos. Elementos malévolos y agresivos están siendo introducidos, subrepticiamente, en nuestro organismo social en números sin precedente, al mismo tiempo que se nos ocultan las causas y consecuencias verdaderas. No se hacen públicos los informes policiales sobre incidentes violentos en los centros de acogida de refugiados. La fiscalía hace la vista gorda ante los tribunales a lo sharía.

Ante estas amenazas, Baudet dice defender con orgullo los valores occidentales. Estos los asocia predeciblemente con la tradición judeocristiana. Menos predeciblemente, incluye entre ellos la defensa de los derechos de la mujer y de los gays ante la intolerancia religiosa del fundamentalismo islámico. Su partido ha propuesto una “Ley en Defensa de los Valores Holandeses” que, entre otras cosas, vetaría los matrimonios concertados, haría obligatoria la enseñanza sobre el Holocausto en todas las escuelas y prohibiría el uso en los espacios públicos de toda prenda que cubra la cara, incluidos los niqabs y los pasamontañas.

Al igual que Wilders, Baudet es un euroescéptico. Al mismo tiempo que la inmigración y el multiculturalismo han ido “diluyendo” los valores nacionales desde abajo –afirma– la soberanía del Estado-nación holandés se ha visto minada por la sumisión ante la Unión Europea y otros organismos internacionales. “Cada vez más, el control sobre nuestras vidas se nos está hurtando de forma insidiosa por taimados actos de capitulación que transfieren nuestra soberanía hacia megaproyectos impersonales en los que los ciudadanos han perdido toda forma de control democrático”, afirmó en el congreso de su partido en enero del año pasado.

Con una tasa de desempleo por debajo del 5% y un crecimiento económico de un 3%, Holanda se ha recuperado mejor de la crisis que muchos de sus socios europeos. Aun así, la retórica apocalíptica de Baudet resuena entre votantes preocupados por una pérdida de la identidad nacional, sospechosos de la Unión Europea y desengañados con las prácticas habituales de la política holandesa, cuya última encarnación la constituye el gobierno de centroderecha actual: una coalición de cuatro partidos, presidida de nuevo por Mark Rutte, instalada en octubre después de seis meses de tortuosa negociación.

Parte del apoyo de Baudet proviene directamente del PVV de Wilders. Pero Baudet también está expandiendo y diversificando la base de la derecha radical, afirma Leo Lucassen, director de investigación en el Instituto Internacional de Historia Social. Como experto en temas migratorios, Lucassen se enfrenta a menudo con figuras derechistas que pretenden incitar el miedo al inmigrante. “Baudet goza de popularidad entre los votantes nuevos, pero también atrae a votantes con mayor educación para quienes Wilders siempre ha sido demasiado cutre o grosero”, me dijo cuando le entrevisté en Ámsterdam en enero. “Aunque las ideas de Baudet son claramente muy extremas, las presenta con un envoltorio atractivo y hasta encantador”.

Los mítines del FvD atraen a un número desproporcionado de hombres jóvenes blancos. Pero el partido también ha generado apoyo entre las minorías étnicas y la élite intelectual. Uno de sus primeros miembros fue Frank Ankersmit, un filósofo de la historia de prestigio mundial. (Abandonó el partido en diciembre.) Y uno de los candidatos iniciales para las elecciones municipales de Ámsterdam, que se celebraron en marzo pasado, fue Yernaz Ramautarsing, un joven libertario de ascendencia india, nacido en Surinam, quien mantiene que las personas de raza negra tienen un coeficiente intelectual más bajo que el de otras razas. Ramautarsing, seguidor de Ayn Rand, adquirió cierta fama con su denuncia de la  supuesta “indoctrinación izquierdista” en las universidades holandesas. Tuvo que abandonar la carrera electoral cuando se publicó un intercambio homofóbico en WhatsApp en el que mantenía que el matrimonio homosexual dañaba a la sociedad porque permitía que los gays, que gozan de una inteligencia media superior, no se procrearan. Aun así, en marzo el partido de Baudet se hizo con tres de los 45 escaños del consejo municipal de la capital.

Baudet no es ningún Wilders. Es más inteligente, más fotogénico y mucho más coqueto. Wilders, de 54 años, nació en la provincia sureña de Limburg en el seno de una familia católica; su madre es de ascendencia indonesia. Fundó el PVV en 2006, después de 14 años en el VVD, partido liberal de centroderecha. Dadas las frecuentes amenazas de muerte, lleva trece años viviendo bajo una permanente protección policial. Baudet, 20 años más joven, se crió en una familia de clase media no religiosa en la ciudad norteña de Haarlem, descendiente de hugonotes franceses que se exiliaron en los Países Bajos en el siglo XVIII. Aprendió latín y griego en el instituto e irradia la actitud aristocrática de un miembro de un Colegio Mayor de la Universidad de Leiden. Después de terminar una doble carrera en Historia y Derecho, escribió una tesis doctoral, en inglés, codirigida por Roger Scruton, el conocido filósofo conservador inglés. Su traducción al holandés, El ataque al estado-nación, fue un inesperado éxito de ventas. En el libro, Baudet afirma que la democracia y el Estado de derecho solo pueden prosperar en una nación fuerte y segura de sí misma. El debilitamiento de la soberanía nacional en Europa, en cambio, ha acabado por erosionar tanto la democracia como el Estado de derecho.

En su libro más reciente, ¡Hay que romper el cártel partidista!, Baudet describe a la clase política holandesa como una pandilla de gerentes incompetentes que anteponen sus propios intereses y los de sus partidos a los intereses del país. Por tanto –afirma–, todos los puestos dirigentes, desde los consejos de empresas estatales hasta las alcaldías se acaban repartiendo entre los aparatos de los partidos en un constante “carrusel de curros”. Con este sistema de puertas giratorias, el cártel partidista bloquea todo cambio político –dice Baudet– y sofoca a la democracia “como una espesa manta cubriendo la sociedad”.

Para romper el poder de las élites establecidas, el FvD propone sustituir los nombramientos de los puestos de dirección públicos o semipúblicos con concursos abiertos. También pretende que los alcaldes sean elegidos directamente (en Holanda, siempre han sido nombrados a dedo) e instalar un sistema de votación electrónico en el Parlamento que permita responsabilizar a los diputados individuales por sus votos.

Para debilitar el poder de los políticos profesionales, el FvD también pretende introducir medidas de democracia directa al estilo suizo, con referéndums vinculantes sobre temas de trascendencia política. Aquí, el partido conecta con un amplio malestar en la sociedad holandesa. Desde 2015, la ley holandesa permite referéndums por iniciativa popular –previa recolección de 300.000 firmas– pero estos no son vinculantes. En otras palabras, los gobiernos pueden ignorarlos y de hecho los ignora. En abril de 2016, se convocó un referéndum sobre el Tratado de asociación entre la Unión Europea y Ucrania. Baudet tuvo un papel prominente en la campaña el “no”. Con una participación del 32% –lo justo para que la votación tuviera validez– un 61% de los votantes se expresó en contra del Tratado (eso sí, las encuestas indicaban un alto nivel de confusión y desinformación sobre el tema). En 2017, el Parlamento, haciendo caso omiso de la consulta, decidió aprobar el Tratado.

El Gobierno actual, instalado en octubre, está incómodo con la ley de referéndums. En febrero, una estrecha mayoría de los diputados aprobó su abolición. La ministra de Interior, Kajsa Ollongren, argumentó que los referéndums no vinculantes debilitan la democracia porque crean expectativas falsas. “No contribuyen a que los votantes tengan fe en la política”, dijo. Después de que el Parlamento votara por la abolición de los referéndums, Baudet realizó una dramática intervención. “Hela aquí”, dijo, fijando su mirada en la ministra, “la asesina de la democracia”.

Baudet es un populista peculiar. Por más que despotrique contra las élites, él mismo pertenece a la flor y nata cultural. Pero no esconde sus gustos y formas refinados. Más bien, los ha convertido en su marca. En marzo del año pasado, pasmó a los demás diputados cuando abrió su primera intervención parlamentaria en latín. Al mismo tiempo, afirma odiar el arte moderno, la música clásica contemporánea y la arquitectura moderna, que considera sendas estafas. Idealiza el siglo XIX y dice estar inspirado por La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, un clásico del pesimismo cultural alemán. Con tres años de psicoanálisis a cuestas, le gusta expresarse en una mezcla casera de términos freudianos e ideas neoconservadoras (declinó ser entrevistado para este artículo).

“Thierry no es antiélite; es anti-establishment”, me dijo el historiador Geerten Waling, que conoció a Baudet hace nueve años y sigue manteniendo con él una relación de amistad. “Toda sociedad necesita una capa superior”, dijo Baudet en una entrevista con Waling y el legalista conservador Paul Cliteur, que le codirigió la tesis doctoral. “Nuestro problema es que [la capa dirigente] sufre de una especie de enfermedad espiritual. … Por tanto, tenemos que reemplazar la élite [actual] con una élite nueva”.

Para Waling, hay una tensión irresuelta entre el elitismo de Baudet y su entusiasmo por la democracia directa. “Alguna vez le pregunté: ‘¿Estás a favor de los referéndums porque crees en la democracia, o solo porque sabes que los resultados serán de tu agrado?’” Por otra parte –agrega Waling– Baudet “cree de verdad que hay que reforzar la participación democrática desde abajo. En su libro sobre el cártel de partidos, afirma que el sistema holandés es anacrónico. La población es más educada y está mejor informada que hace 200 años; por tanto, está en mejores condiciones para participar en las decisiones políticas. Como historiador, yo diría que un cambio en ese sentido estaría acorde con la tradición holandesa de la autogestión. Por ejemplo, las elecciones para alcalde tendrían que haberse introducido hace muchos años”.

Los gustos decimonónicos e ideas controvertidas de Baudet no han menguado su atractivo entre los votantes más jóvenes. “Es más, sospecho que les gusta su aire anticuado”, dice Waling. “Que no sepa quién es Snoop Dogg y que no tenga reparo en admitirlo, le hace más interesante. Al final, la gente prefiere votar por alguien como Pim Fortuyn, que lucía traje a rayas, tenía dos perritos y se desplazaba en un Bentley, que por alguien que se esfuerza demasiado por parecerse a la gente común”.

Pero la imagen provocadora de Baudet tiene un lado menos positivo. “Lo que me sorprende más son las reacciones agresivas que suscita, sobre todo entre los universitarios progresistas”, me dice Koen Vossen, un historiador político que lleva años estudiando el populismo holandés. “Dicen que Baudet es más peligroso que Wilders. Algunos hasta piden que se le retire el doctorado. Lo que no parecen entender es que personajes como Baudet solo se benefician con esas reacciones exageradas. Sería mejor ignorarle. Obviamente es un posturero porque, además, está muy satisfecho de sí mismo. Sabe muy bien cómo jugar el papel del snob”.

Encantador, provocador e impredecible, Baudet ha conseguido enamorar a los medios holandeses. En diciembre, una encuesta anual de un importante programa de noticias le nombró político del año. Ese mismo mes, el periódico progresista De Volkskrant publicó una larga entrevista en que Baudet se explayaba sobre su infancia y juventud, su psicología y su vida personal. La entrevista se publicó ilustrada con una serie de fotos al estilo GQ con un guiño a Cincuenta sombras de Grey. Mientras bebía una copa de un vino blanco exquisito, Baudet afirmaba que la modestia es una virtud sobrevalorada; confesó ser extremadamente sensible (“Es por eso que hablo de forma tan emotiva en los mítines”); y reveló que su pareja actual es una refugiada iraní. También volvió a presentarse como redentor de la patria. “Esa pandilla desencajada en La Haya que está arruinando este país tiene que ser llamada a la orden”, dijo. “Pero como nadie hace nada, tendré que hacerme cargo yo”.

Poco después, el diario De Correspondent reveló que, en octubre, Baudet había cenado durante cinco horas en Ámsterdam con Jared Taylor, el conocido supremacista blanco de Estados Unidos. Fundador de la revista American Renaissance, Taylor pretende “reavivar” una “conciencia racial” defensiva entre los blancos, conciencia que les anime a “amar, en primer y principal lugar, las infinitas riquezas creadas por el hombre europeo”. Cuando se le preguntó sobre la cena con Taylor, Baudet se mostró esquivo. Invocando el derecho a la intimidad, se arrogó la prerrogativa de informarse sobre todo tipo de ideas. “No comento sobre las mujeres con las que me acuesto ni sobre las personas con las que ceno”, dijo. “Pero en general [creo que uno debe] investigarlo todo en la vida y aferrarse al bien”. En febrero, De Correspondent publicó un reportaje sobre la fascinación duradera que ha tenido Baudet con las ideas de Jean-Marie Le Pen.

“Queda claro que Baudet coquetea con el fascismo, casi de forma romántica”, me dijo la escritora Harriët Duurvoort, columnista para De Volkskrant de ascendencia holandesa, surinamesa y afroamericana. “Eso sí, al mismo tiempo pretende distanciarse de los fascistas auténticos cuando se le llama a cuenta”. Como representante y portavoz del multiculturalismo holandés, Duurvoort ha vivido en carne propia el endurecimiento del debate público en su país. Se convierte con frecuencia en la diana de las campañas de odio de la extrema derecha. “En los años setenta, en el recreo del cole, te llamaban ‘mono’ y te decían que volvieras a África”, dice. “Ahora vuelve a ocurrir lo mismo, pero en Twitter”.

En verdad, la relación entre Baudet y la extrema derecha es nebulosa. Aunque goza de popularidad entre los nacionalistas y supremacistas blancos, dice que siente un profundo rechazo ante el racismo y el antisemitismo y que su partido no los tolerará de ninguna forma. Al mismo tiempo, le gusta hacer afirmaciones provocadoras que aluden a idearios radicales, solo para rechazarlas después, o calificarlas de irónicas. Lo que sí queda claro es que, en su campaña contra la corrección política, sabe de qué palancas tirar para generar un escándalo que le genere una constante atención mediática. Mientras tanto, sus mensajes resuenan entre aquellos holandeses que se sienten amenazados por las minorías que demandan mayor igualdad, pero que al mismo tiempo se indignan ante la idea de que esa sensación de amenaza pueda explicarse como racista o sexista.

Baudet se especializa en escandalizar a la opinión pública. Hace algunos años, afirmó que estaba de acuerdo con Julien Blanc, el controvertido “experto de ligues” que defiende que las mujeres desean “ser subyugadas y dominadas”. En una novela de 2014, Amor condicional, el narrador de Baudet –que con frecuencia suena como el autor– defiende que las mujeres disfrutan las violaciones. En marzo del año pasado, Baudet afirmó que el auto-odio cultural ha dado lugar a intentos por “diluir homeopáticamente a la población holandesa con todos los pueblos del mundo, para que los holandeses dejen de existir”. Cuando de desató una tormenta mediática, Baudet explicó que no hablaba de razas sino de culturas. Con todo, cuando en febrero de este año el segundo diputado del FvD en el Parlamento defendió que la conexión entre raza e inteligencia está “científicamente probada desde hace mucho tiempo”, Baudet comentó: “No veo cuál es el problema”.

Aunque Baudet ha afirmado que cree que las políticas anti-islámicas de Wilders van “demasiado lejos”, en la práctica es difícil distinguir entre sus posiciones. “Si miras el mundo hoy”, dijo Baudet en enero de 2017, “tienes que concluir que los países más agradables son los países cristianos”. La columnista Annabel Nanninga, que lideró la lista del FvD en las elecciones municipales de Ámsterdam en marzo, dijo en un debate televisivo que “el Islam es un caldo de cultivo de cosas desagradables… cosas que no están bien, cosas que a todos nos hacen menos libres”.

“Yo no creo que Thierry sea un racista”, me dijo Waling, el historiador amigo de Baudet. “Le encanta discutir y crece en la batalla de las ideas. Le gusta explorar tabúes, incluso si son moralmente dudosos. Está claro que esa exploración es más fácil realizarla como intelectual que como político. Eso lo ha tenido que aprender a la fuerza, por ejemplo cuando se reunió con Jared Tayler. Pero honestamente no pienso que Thierry adoptaría las ideas de Taylor sin más. Los medios infieren algo así del hecho de que se reunieron, pero no creo que esa inferencia esté justificada. Es verdad que Thierry es nacionalista. Pero el suyo es un nacionalismo más cívico que etnico. La gente suele olvidar que, en la conclusión de su tesis doctoral, hizo una llamada al nacionalismo multicultural. Está convencido de que la narrativa nacional puede integrar también a los que llegan de fuera.”

El profesor Lucassen, experto en temas migratorios, es más escéptico. “La verdad es que Baudet ha confeccionado un amalgama bastante coherente de ideas derechistas, incluida cierta tendencia autoritaria”, dice. “Su rechazo del arte moderno, por ejemplo, recuerda la prohibición nazi del arte degenerado o, sin ir más lejos, las políticas culturales de Stalin o Mao. No sé hasta qué punto cree lo que dice. Como investigador, la verdad es que me da igual. Lo importante es la forma en que sabe movilizar esas ideas y cómo acaban por radicalizar el debate público. Se ha demostrado que los populistas hacen más que dar voz a la indignación popular. También la definen y la avivan”.

Baudet comparte algunas nociones básicas con la nueva extrema derecha europea, explica Lucassen. Por ejemplo, la idea de que Europa está sujeta a un proceso de Umvolkung o transformación étnica, una pérdida de identidad provocada por los cambios demográficos. “Se alega que el europeo blanco está siendo desplazado”, dice Lucassen. “Además de todos los presupuestos racistas que tal idea implica, es también absurda en términos estadísticos y demográficos”. La alt-right europea también advierte de que gran parte de la población africana pretende emigrar a Europa. “Los investigadores hemos demostrado que esa idea también es un disparate”, dice Lucassen. Finalmente, está la demonización masiva del Islam, “una cantilena que Wilders lleva entonando desde 2004”.

Waling, por su parte, percibe diferencias cruciales entre la derecha holandesa y sus vecinos europeos. “El Front National de Marine Le Pen, por ejemplo, es católico y conservador”, dice. “Y tiene una tendencia racista más pronunciada. El populismo de derechas holandés, en cambio, ha incorporado plenamente ideas progresistas en torno a los derechos de los gays y la igualdad de género. Además, su racismo es mucho menos evidente. En el Foro por la Democracia de Baudet no les importa la color de la piel. Eso sí, son muy críticos con el Islam”.

De forma similar, agrega Waling, también Alternative für Deutschland (AfD), el partido de extrema derecha alemán, es más propenso a posiciones racistas. Según Waling, esto se debe en parte a los intentos alemanes por enfrentarse al pasado nazi. La demonización de la derecha radical, dice, facilita que el movimiento acabe dominado por sus elementos más extremos. El juego político holandés, en cambio, es más maduro y permite debates más abiertos. “Fortuyn y Wilders ayudaron a desconectar las ideas radicales de derechas de la franja extrema”, dice. Así, esas ideas cobraron una legitimidad democrática. “Por consiguiente, a nadie en Holanda se le ocurriría prohibir un partido como el de Baudet”.

“De hecho, algunos ven su aparición con alivio”, dice Merijn Oudenampsen, un sociólogo que acaba de publicar una tesis doctoral sobre el auge del conservadurismo holandés. “A diferencia de Wilders, Baudet claramente aspira a gobernar. Por tanto, se puede esperar que jugará según las reglas institucionales. Ya se ve que está construyendo su Foro como un partido político real. Nunca fue el caso del PVV de Wilders”.

La tesis doctoral de Oudenampsen explica cómo la derecha radical holandesa llegó a asumir parte del legado progresista. A diferencia de los Estados Unidos o Reino Unido, los Países Bajos –cuya sociedad se secularizó masivamente en los años 60 y 70– nunca conoció un movimiento conservador fuerte. De ahí que apenas le afectara la ola conservadora de los años 80. Fue en los años 90 cuando el conservadurismo holandés tomó cierto impulso. Pero en vez de concentrarse en temas como el aborto, la sexualidad o las relaciones de género, asumió las posiciones progresistas en esos temas, identificándolas con la cultura nacional neerlandesa para denunciar la amenaza que suponían para esa cultura los inmigrantes no asimilados. “Las guerras culturales de la derecha radical en Holanda han enarbolado la libertad de expresión”, dice Oudenampsen. “Identifican la idea de la corrección política con la cultura política del consenso; y exigen que se rompan los tabúes”. Desde los años 90, romper tabúes significa, entre otras cosas, llamar la atención sobre la falta de integración cultural entre los musulmanes holandeses.

Curiosamente, entonces, la obsesión de la derecha europea con los inmigrantes musulmanes precede a esa misma obsesión entre los conservadores norteamericanos. En este sentido, Oudenampsen señala un extraño mecanismo de retroalimentación: si la alt-right norteamericana se dejó inspirar inicialmente por el pensamiento conservador europeo, ahora son norteamericanos como Jared Taylor y Donald Trump los que inspiran a políticos europeos como Baudet.

La popularidad de partidos como el FvD de Baudet consiste, en parte, en la atracción de lo prohibido, dice Lucassen. “En los años 60 y 70, los jóvenes que querían ir a contracorriente se encontraban en la extrema izquierda. Hoy, el mercado de las ideas peligrosas está en la derecha. Un político como Baudet es muy consciente de ello. Y hasta la fecha ha conseguido aprovecharse de ese potencial”.

Pero la verdadera dimensión de su potencial está por ver, dice Koen Vossen, el historiador político. Para empezar, Baudet tendrá que acabar de construir su partido. Y todo crecimiento conlleva riesgos. A comienzos de febrero, cuando Baudet expulsó a dos miembros prominentes del FvD, acusándoles de pretender “secuestrar” el partido, otros redactaron una carta de protesta en la que se quejaban de falta de democracia interna. Los firmantes de la carta también fueron expulsados.

“Sin duda, el FvD atraerá a gente con historiales controvertidos que dirán cosas también controvertidas”, dice Vossen. “Más importante es que Baudet todavía no ha pasado por ninguna prueba de verdad. Todavía tiene que demostrar su valía en los momentos de crisis. Por ahora, lo ha tenido fácil –no solo en la política sino en la vida. Esto también supone una debilidad. La clase obrera blanca que apoya a Wilders no votará por un candidato que no haya sufrido”. Wilders –explica Vossen– ha padecido el ostracismo político, lleva varias condenas judiciales encima y las amenazas no le han permitido llevar una vida normal desde hace años. En comparación, la trayectoria de Baudet ha sido pan comido. “Por eso yo no descontaría aún Wilders”, dice Vossen. “Tendremos que ver cómo encaja Baudet sus primeros reveses”.

Oudenampsen no descarta que el auge de Baudet inaugure un periodo de expansión para la derecha radical holandesa. Pero incluso si el FvD llegase a superar el 15% del voto que la derecha radical tiene hoy, se toparía con otros límites, dice. “La cultura política holandesa se basa en las coaliciones. Y es simplemente imposible entrar en una coalición sin abandonar algunas tus posiciones más radicales. En algún momento, el FvD tendrá que adaptarse a esta cultura de la negociación y del compromiso. Ese es el dilema eterno del voto de protesta en Holanda. No tenemos un sistema como el norteamericano, donde de hecho es posible que una figura como Trump llegue al poder”.

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Una versión en inglés de este artículo se publicó en la revista The Nation (online y en el número impreso del 30 de abril/7 de mayo).